Dos negocios que empezaron en la casa
El segmento de mujeres emprendedoras vuelve con un cambio que Jorge Cassis anuncia como el twist del episodio. Las invitadas de la vez anterior eran empresarias grandes y las tres estaban solteras. Estas dos tienen empresas medianas y están casadas. Todo el debate posterior sale de ahí.
Denise Campuzano —Tuchi para todo el mundo, incluida ella misma— empezó hace dos años con dos sabores, leche y chocolate, vendiendo dentro de la ciudadela donde vive. Duró hasta que una residenta le fue a tocar la puerta, con mil disculpas, para decirle que ahí no podía vender. La solución fue mudarse quince metros: salir en scooter con una hielera y venderle a la gente afuera de la etapa. De ahí a buscar puntos de venta, y de ahí a los cinco que tiene hoy entre Samborondón, Guayaquil y Machala. El carrito para fiestas ya está armado.
Lisbeth llegó a BFB Travel Pets por una necesidad propia. Tenía un bulldog francés que concursaba y, para moverlo de una ciudad a otra, los buses interprovinciales no lo dejaban subir: se lo querían llevar donde van las maletas. Investigando cómo resolver su propio problema encontró el negocio. Hoy traslada perros y gatos dentro y fuera del país, y la regla no se negocia: en cabina.
El debate: cuando ella empieza a facturar más
De dónde sale la pregunta
Jorge trae de vuelta el episodio con las tres empresarias y el detalle que le quedó dando vueltas: eran solteras las tres. Su lectura es que el hombre que buscan pertenece a un porcentaje mínimo de la población y que, a esa edad y con ese nivel económico, ese hombre está mirando hacia otro lado. Es una tesis suya, dicha como tal, y la mesa se la discute todo el episodio.
Con las dos invitadas el planteo cambia, porque ambas están casadas y sus empresas todavía conviven bien con lo que ganan sus parejas. Así que Jorge lo lleva a la hipótesis: ¿y si Helados Tuchi se vuelve la marca de helados del Ecuador entero?
El ejemplo de la casa y los carros
La respuesta de Denise es que el marido podría dejar su trabajo y venirse con ella, y Jorge se le va encima con el ejemplo que enciende el resto de la conversación. Hoy viven en una casa de cien mil con dos carros de veinte mil cada uno. Mañana ella puede comprarse la casa de un millón y el carro de cien mil. ¿Y él se queda con el de veinte?
Ahí está el nudo. Denise reconoce que no lo dejaría en el carro viejo, y Jorge le devuelve el reverso: en el momento en que le cambies el carro porque te da vergüenza el que él se compró, le estás diciendo que su esfuerzo ya no vale nada. Lisbeth propone que la relación encuentre una dinámica nueva; Jorge sostiene que no puede haber dinámica nueva, porque lo único que cambió es cuánto entra.
El espejo invertido
El argumento con el que aprieta es el de la simetría que no existe. Si al marido abogado le empieza a ir bien y se compra un piso entero para su estudio, jamás le va a decir a ella que no le sigue el ritmo, ni le va a poner cien mil dólares sobre la mesa para que se meta en otro negocio. Va a seguir dando lo mismo que daba antes, sin que se lo pidan.
De ahí sale la pregunta que ordena el episodio: por qué la mujer empieza a ver hacia abajo apenas despunta, y el hombre sigue viendo hacia arriba pase lo que pase. Lisbeth responde que ella no lo vería hacia abajo, sino que buscaría la forma de que todos siguieran generando más. Denise ofrece una salida intermedia: sacar un capital para que él arme lo que quiera, pero fuera de su empresa, para no mezclar. Jorge le encuentra el problema —que hasta eso es querer moldearlo— y las invitadas le devuelven que tampoco es para tanto.
La advertencia: el marido que quedó de asistente
El caso que Jorge pone sobre la mesa como advertencia es el de una empresaria que ya pasó por el programa y lo contó ahí mismo. Su marido dejó su trabajo para irse a trabajar con ella y terminó siendo su asistente: llévame, tráeme, revisa esto. Y le fue infiel, con alguien de nivel económico más bajo que el de ella. La lectura de la mesa es directa: quedó castrado psicológicamente y salió a buscar afuera el poder que había perdido adentro.
La contrapropuesta de Jorge es lo que él habría hecho en ese lugar. No entrar a trabajar para ella, sino abrir la línea de hombres de la misma marca: ella maneja la suya, él la propia, y las dos crecen bajo el mismo techo. Trabajar juntos, no trabajar debajo.
Sostener una empresa mediana desde la casa
El otro hilo del episodio es menos ruidoso y termina siendo el más útil. La casa de Denise hoy es medio bodega: donde deberían estar la lavandería y el garaje hay congeladores, y la cocina se reparte entre el almuerzo y la producción. Es la única forma de sostenerse hasta que los pedidos obliguen a mudarse.
Lisbeth tiene la oficina en casa por otra razón. Su hija tiene autismo severo, y trabajar desde ahí le permite pasar la mayor parte del tiempo con ella; cuando le toca un traslado de cuatro o cinco días, quedan el papá y la abuela. El trabajo tampoco es liviano: cada mascota que viaja en cabina necesita una carpeta de documentos, y las rutas imponen escalas, porque para entrar a Estados Unidos hay que pasar primero por México. La mayoría de sus clientes ya migró y no puede volver, así que ella hace el viaje y entrega al animal del otro lado.
Jorge se detiene ahí a propósito. Cuando dentro de diez años alguien diga que estas dos se hicieron millonarias de la noche a la mañana, conviene volver a este capítulo y acordarse de los congeladores en la sala, de las carpetas y de la hija. Gabi Suescum recoge lo mismo desde otro lado: se suele entrevistar al gran empresario que ya llegó, y escuchar a la empresa mediana que todavía no puede despegarse se parece bastante más a lo que vive quien está mirando.
Nostalgia, hate y un helado que no se deja abrir
El tramo final se afloja. Aparece la nostalgia como parte del producto —el helado de vaso de la tienda de la esquina, el sándwich de mortadela con mantequilla y la Coca-Cola sentado en la vereda— y una discusión generacional sobre quién vivió eso y quién no.
Jorge cuenta también la pelea del momento: una señora que le tira hate en Instagram porque habla mal, y a la que él contesta con gusto, entre otras cosas porque pelear en comentarios le mueve el algoritmo. Su conclusión es que hay gente que necesita quejarse porque nadie más le para bola.
Y el episodio cierra con el challenge: darle a Gabi Suescum un helado de vaso congelado para ver si sabe abrirlo. No sabe. La técnica —calentar el vaso con la mano y girarle el palito— termina siendo el material de la última media hora, con la despedida y la promesa de volver a invitarlas dentro de un año, dice Jorge, para ver por qué se divorciaron.




