Un espacio nuevo, con la aclaración por delante
Faltan semanas para la campaña de las seccionales de noviembre y el programa abre un formato: sentar a los candidatos que acepten venir y hacerles a todos las mismas preguntas. Por qué, para qué, cómo así, y por qué ellos.
La primera invitada es Andrea Coello, abogada guayaquileña de 36 años, con maestría en derecho procesal, mediadora certificada y más de diez años de funcionaria pública. Se candidatea a la viceprefectura del Guayas en binomio con el economista César Pérez, por las listas 2 y 18.
Jorge Cassis deja constancia en cámara, casi de entrada, de que ahí no hay proselitismo ni campaña adelantada: no se piden votos y no se leen propuestas de plan de gobierno, que son las que se presentan al Consejo Nacional Electoral. Lo que se conversan son ideas. Gabriela Suescum cierra el episodio con la misma advertencia dicha de otra forma: no están apoyando a nadie, están haciendo preguntas.
Cómo funciona por dentro
Lo que termina sosteniendo el episodio no es la candidatura, es el mecanismo. Y empieza con algo que le pasó a Jorge. Ofreció gratis un proyecto turístico y astronómico a varios municipios de Manabí: él ponía el trabajo y solo pedía el permiso y algo de apoyo del equipo de comunicación. Le dijeron que no. Después contrataron uno parecido, presupuestado en sesenta mil dólares para algo que costaba diez. Su explicación es de una línea: en el gratis no había nada que repartir.
De ahí salen las dos razones por las que, según él, el funcionario entra a recuperar plata. La primera es la Contraloría: sostiene que no controla, que castiga, y que la orden es encontrar la falla y cobrar. Como el proceso puede caerle durante siete años, hasta el que hizo todo bien guarda dinero para cuando le toque.
La segunda es más dura, y es la que da título al episodio: el puesto se compró. Jorge pone cifras —ciento veinte mil dólares por una judicatura, sesenta mil por una fiscalía— y la conclusión es aritmética. A quien pagó por entrar no se le puede pedir que no cobre, porque tiene que recuperar la inversión.
Ahí es donde la entrevista deja de ser una entrevista de campaña. Coello, que fue funcionaria más de diez años, no lo desmiente: repite la frase —«el puesto te costó»— y dice que conoció esa podredumbre de cerca, y que por eso llegó solo a secretaria de fiscalía. Los dos aclaran, eso sí, que hablan de la mayoría y no de todos.
La otra pieza del mecanismo la pone ella al final: que los políticos prometan educación es mentira, porque a todos les conviene un pueblo ignorante que vote por el guapo o por el partido de moda. Jorge lo cierra por el lado del votante, que no le da el beneficio de la duda a nadie nuevo: «este quiere robar y es nuevo; que me siga robando el mismo».
Qué hace una prefectura cuando no está haciendo carreteras
El otro lado de esa maquinaria es todo lo que queda sin hacerse. Cuando Jorge pregunta qué le hace falta al Guayas, ella responde que la gente tiene un concepto equivocado de la prefectura, porque la mide solo por la carretera. Para no quedarse en la frase, abre la Constitución en el artículo 263 y va leyendo en voz alta las competencias exclusivas de los gobiernos provinciales: planificar el desarrollo, el sistema vial rural, las obras de cuencas y microcuencas, la gestión ambiental, los sistemas de riego, el fomento agropecuario, la cooperación internacional.
Su lectura, competencia por competencia, es que casi ninguna se ejerce. Que no hay gestión ambiental real en ninguna prefectura del país. Que se cree que el fomento productivo empieza y termina en el agro, cuando no todos los cantones producen lo mismo y hay artesanía, pesca y gente que no quiere dedicarse a sembrar. Y que la cooperación internacional se gestiona, sí, pero para beneficio propio.
El comisariato y el pilador que hace de banco
La propuesta que ella baja de ahí es un comisariato donde el agricultor venda directo, sin intermediario, a precio justo. Jorge le contesta con lo que le contó un productor de arroz cuando él fue candidato a la asamblea por el Guayas, y es la mejor explicación del episodio.
El productor tiene cinco cuadras, pero para cosecharlas necesita capital. Se lo presta el pilador, en lo que en el campo llaman fomento: tanto por cuadra, alrededor de un 20% de interés, una letra firmada y la cosecha precomprada a un precio pactado. Cuando llega la entrega, el precio baja alegando que el grano está caído o quebrado, y el productor a veces sale a tabla. Con esa letra firmada no puede venderle a nadie más. Los piladores, resume Jorge, se volvieron el banco de fomento del campo, pero cobrando como chulo.
La conclusión a la que llegan juntos es que el comisariato no sirve mientras el crédito siga saliendo de ahí, y que la pregunta buena es si la prefectura puede meterse en ese hueco por la vía de la cooperación internacional y la banca, que es justamente una de las competencias que ella acaba de leer.
Lo que no se ve desde la carretera
El tramo más incómodo del episodio no es el político. Jorge cuenta que la niñera de sus hijos toma tres buses y cruza en canoa para llegar a su casa, y que él se enteró recién, después de años. Que en la cabecera cantonal de Samborondón hay gente que pasa el río en lancha porque no hay puente, a pocas cuadras de un palacio municipal enorme. Y que haciendo campaña en el campo empezó a agradecer cosas que nunca había mirado: un lavamanos, una llave con agua, un inodoro.
Las cuentas que arriesgan son distintas y las dos son altas. Él calcula que un 30% del país vive así. Ella baja a un 10 o 12% solo en el Guayas, y aclara que lo dice de una de las provincias más desarrolladas.
La educación como el otro tema de fondo
Coello pide una reforma total, no parcial, de las leyes de educación, y la conversación se va a un lugar que no es el de una entrevista de campaña.
Está el respeto perdido: cuando la maestra era la segunda madre y lo peor que podía pasarle a un alumno era que llamaran a su representante, frente al chico que hoy amenaza con contarle a la mamá. Están las maestrías en línea que se hicieron con el teléfono puesto en la clase, solo para conservar el puesto que la norma volvió a exigir. Y está el desacuerdo de los dos con haber convertido en mixtos los colegios femeninos y masculinos, que defienden por tradición y no por otra cosa, con el argumento de que quien quiera un colegio mixto tiene cientos donde elegir.
El dato que cierra ese tramo es concreto. En los noventa, las chicas del 28 de Mayo, el Dolores Sucre, la Inmaculada o el Rita Lecumberry hacían las prácticas en Caterpillar, Coca-Cola o Unilever y salían del colegio con trabajo, peleadas por los bancos y las multinacionales. Había alumnas que viajaban hora y media desde Lomas de Sargentillo, todos los días, para entrar ahí.
Dos ideas que sí se discuten en serio
La ruta gastronómica
Jorge insiste con algo que ya intentó y le rechazaron: armar rutas gastronómicas certificadas por la prefectura. No una feria de tres días con carpas prestadas, donde el emprendedor pone la movilización, el equipo y el personal, sino una ruta permanente, vendida por operadoras turísticas como paquete de varios días, con restaurantes, fábricas y haciendas que enseñen a cosechar.
La parte que le importa es la de abajo: capacitar a quien atiende, dar clases básicas de inglés al que quiera, fijar el pago por visitante para que al productor le entre plata adicional. Y su reclamo es que eso ya es competencia de la prefectura, que el camino vecinal sin una actividad encima es media obra, y que la idea no cuesta casi nada. Cuenta que llegó a conseguir un stand gratis en la feria gastronómica más grande de Madrid y que no lo usaron, y que su proyecto se cayó por la misma razón de siempre: era gratis.
Los centros comunitarios
La idea de Jorge son centros comunitarios iguales en toda la provincia, con los mismos lineamientos, como se pensaron en su momento las UPC. Recepción de denuncias, atención médica de emergencia las 24 horas, una ambulancia, ventanilla de prefectura y de municipio para los trámites simples, veterinaria, defensoría pública y hasta dos bomberos con un carro chico.
Coello le suma el argumento que lo justifica: hay mujeres violentadas que no tienen un camino físico por donde llegar a poner una denuncia, y hay sectores donde un atropellado se muere porque el centro de salud más cercano está a una hora y no hay señal. También señala el absurdo de la educación en línea sin internet en el territorio, que resume diciendo que es como tener abuelita, pero muerta.
Sobre la plata se ponen de acuerdo rápido: terreno del municipio, que tierra es lo que sobra; construcción a cargo de empresa privada con la figura tributaria que corresponda; convenios con universidades para que los practicantes de medicina y derecho atiendan; y un cobro simbólico que un gobierno local no puede hacer por sí mismo, que es justamente para lo que hace falta la figura privada.
El trabajo que no alcanza
Antes del cierre aparece el tramo más crudo, y es laboral. Jorge está abriendo una cafetería felina en Manta y publicó que recibe carpetas. Llamó a una chica que quería contratar y, incómodo por ofrecerle el básico, le preguntó cuánto ganaba: menos del básico, a tiempo completo, en una empresa de envíos. Cuando él le aclaró que sería el básico con todo de ley, décimos incluidos, la respuesta fue de alegría.
El segundo caso son las carpetas que le llegaron para mesera y barista: una arquitecta, una socióloga, una estudiante de psicología clínica. No puede contratarlas porque están sobrecalificadas y se le van a ir, y eso mismo es lo que le duele. Lo resuelve a medias contratando a la arquitecta para que le diseñe el local, y lo convierte en un pedido para los candidatos: que el apoyo al emprendedor no sea solo para el que hace hamburguesas, que haya ferias profesionales y concursos de la prefectura donde el premio sea un contrato de verdad.
El pleito final
El episodio cierra con el tema que convenía para bajar la tensión. Primero el dato que descoloca a la mesa: la provincia del Guayas tiene más sopas y caldos locales que toda China, más de doscientos. Y de ahí a la pregunta que no se resuelve, si el encebollado es de Manabí o de Guayaquil.
La respuesta que sale es salomónica y viene con ranking: Guayaquil es la ciudad con mejores encebollados, pero Manabí es la provincia. Queda además una tarea pendiente, que es el tema de los refugios y los centros de atención animal, sobre el que ella avisa que va a ser tajante cuando vuelva.




