La tercera parada de la misma historia
El episodio continúa la serie sobre Guayaquil. Ya hubo uno sobre la ciudad y su comida y otro sobre la noche y las discotecas, y todavía falta el de los restaurantes. Este entra por el lado que quedaba pendiente: si se habla de discotecas, hay que hablar de las bandas que tocaban adentro. De los ochenta y los noventa, aunque Jorge Cassis propone de entrada decir noventa «para no hacerlos sentir tan viejos».
La mesa son seis músicos que se conocen desde el colegio. Israel Maldonado, que fundó Guayaquil City Band y hoy lleva La Chicha Power. Roberto Bolaños, saxofonista y timbalero de esa misma banda, hijo de músico y hermano de Ricardo, el baterista, que no está en el set pero aparece en media conversación: se graba el 10 de septiembre, el día en que cumple cincuenta años. Roy Maruri, pianista de Asuntados y primer tecladista de Guayaquil City Band, también hijo de músico. Andrés Jungbluth, que empezó en Benimore en el 92, siguió en Calá y terminó en Polvo mientras trabajaba de reportero en Canal 4. Giovanny Hernández, de Calá. Y Carolina Oñate, la voz de Signo Vital.
Casi todos salieron del mismo lugar: los intercolegiales. Es el detalle que explica por qué la escena era tan chica y por qué todos se conocían de antes.
Lo que estaba prohibido
El tabú que atraviesa el episodio no es musical, es de clase. Para un rockero guayaquileño de veintitantos, tocar bailable era lo que hacían sus papás. Tocar salsa era peor. Y tocar en un matrimonio era, dicho con esa palabra, una afrenta.
La frontera era real y tenía dos lados. De uno, las bandas de bares: gente joven, repertorio en inglés, sets de hora y media. Del otro, las orquestas de fiesta, donde todos los músicos tenían veinte años más y se tocaban cinco horas seguidas. Roberto Bolaños conoció ese lado desde los catorce, en la banda de su papá, y a los veinte se botó: le dijo que si tocar significaba eso, prefería no tocar.
Lo que rompió la frontera fue una decisión de repertorio. Guayaquil City Band empezó a cerrar el show en Estudio Bar con «Decisiones» y «Chamo Candela», y nadie más en ese formato estaba tocando algo bailable. En paralelo, el hermano de Roberto se inventó el segmento cortavenas: un medley de José José metido en la mitad de un bar lleno de gente de veinticinco años. El administrador se opuso —cómo van a tocar eso aquí— y a las pocas semanas les pedía por favor que lo tocaran, porque era el momento en que más trago vendía.
Después vino la consecuencia. La gente que los veía en el bar los contrataba para su matrimonio, y de a poco todas las bandas de bares se metieron en un mercado que pagaba mejor y del que se habían estado cuidando por vergüenza.
El Niño, Estudio Bar y el botellón
El otro empujón fue climático. El fenómeno del Niño dejó a Salinas sin temporada y a buena parte de los locales de la ciudad en remodelación, y Estudio Bar quedó prácticamente como el único sitio abierto. Se abrían las cortinas y entraban mil personas que en otra época no se habrían cruzado nunca: de todas las edades, de todos los grupos, sin importar con quién estabas.
De ahí salieron tres cosas que el episodio reclama para ese local. El botellón, que se inventó ahí. El formato de banda bailable dentro de un bar. Y, según ellos mismos, el nacimiento práctico de Guayaquil City Band.
La única mujer
El tramo de Carolina Oñate es el más concreto del episodio y el que le da título.
Su primer intercolegial lo cantó representando a La Salle. La Salle era un colegio de hombres, y el reglamento exigía que la banda fuera casi toda de ahí: alrededor de seis alumnos del colegio por cada integrante traído de afuera. Ella entró por una puerta lateral, que es la que suelen tener estas historias: su profesora de canto del María Auxiliadora era la mamá del guitarrista. Y para poder subirse al escenario con ellos salió disfrazada de hombre.
Lo que vino después tampoco fue automático. Lenin Amores fue a la casa a pedirles permiso a sus papás para que cantara en Signo Vital, y la respuesta fue que cuando terminara el colegio. Recién graduada entró formalmente a la banda, y durante más de un año su mamá la acompañó a todas las presentaciones, hasta que se conoció con los músicos, con las enamoradas, con las esposas y con los amigos de siempre, y recién ahí le dijo que se fuera sola.
La segunda condición fue no soltar la facultad. Estudió arquitectura, y ella misma resume esos años con una imagen que no necesita explicación: Clark Kent de lunes a viernes, Superman los fines de semana.
Cuando Jorge pregunta qué otra banda tenía una mujer cantando, la mesa contesta en coro que ninguna. No en bares. La única otra mujer del rock que logran recordar es Andrea Robles, que tocaba guitarra en Idem. Antes de Carolina habían pasado por Signo Vital Diana Espinosa y Wendy Silva; cuando ella se fue, dejó en su lugar a una compañera de curso a la que había visto pararse a cantar en una fiesta del colegio, la presentó, les dio la bendición y siguió su vida.
Dos años que no volvieron
La parte menos nostálgica del episodio es la que describe un mercado. Los seis coinciden en que duró dos años, tal vez tres, y en que nunca volvió a pasar ni antes ni después.
En esos dos años los bares les separaban fechas y les pedían por favor que no se comprometieran con otro local. Les pagaban bien. Les daban carta de consumo. Todas las bandas tocaban de miércoles a sábado, todas las semanas, y la gente hacía un tour de tres bares por noche y se encontraba a los mismos amigos en los tres. Se farreaba en Bellavista, en Urdesa, en la Kennedy y hasta en el sur, y no pasaba nada.
Las cifras que ponen encima son igual de concretas. Doscientos dólares por noche para repartir entre toda la banda al principio, cuando eran seis y después ocho. Más adelante, ochenta para cada uno de los tres dueños y cincuenta para cada músico contratado. Con eso vivían, y alguno cuenta que ni sabía qué hacer con la plata.
Hay también una autocrítica que no se esperaba. Cuando sale el tema del maltrato al músico —el empresario que patea el pago, la fiesta donde a la banda se le manda la ensalada dañada—, la conclusión de la mesa es que la culpa fue de los propios músicos, que dejaron que se instalara.
La tarima en llamas
La anécdota que cierra el episodio pasó un fin de año en Manta. Llevaron a Guayaquil City Band como la banda de Guayaquil, pero el organizador cometió un error: había un lado para los jóvenes y otro para las personas mayores, y los pusieron en el de los mayores. No bailó nadie. La única canción que sacó gente a la pista fue «Chamo Candela».
Atrás de la tarima, en un terreno baldío, alguien empezó a soltar esos faroles de fin de año que se elevan. Uno se les vino encima. Roberto lo vio llegar, reaccionó pegándole un palillazo y lo desbarató; un pedazo encendido cayó en la alfombra de la batería de su hermano, que siguió tocando mientras con un pie apagaba el fuego. Nadie paró. Y la razón por la que nadie paró es la mejor parte: era la única canción que les estaban bailando en toda la noche.
El lugar que no existe
La segunda mitad del episodio la ocupa una idea que discuten en serio. Quieren un lugar para ellos. No para la generación actual: para la suya.
Lo primero que descartan es que sea un bar. Ya nadie de esa edad aguanta hasta las cinco de la mañana, y el formato tendría que ser otro: abrir a las siete, la banda a las nueve, cerrar a la una o a las dos. Roy es el más escéptico del asunto y propone algo distinto: no un local abierto todos los fines de semana, sino eventos cada quince días o una vez al mes. Israel insiste en que hay público de sobra, y da el número: no son veinte pelagatos, son diez o quince mil personas que no saben a dónde ir.
Donde sí se ponen de acuerdo es en el modelo. Un salón de eventos con escenario, mesas, sillas y parqueo, que se alquile por noche a un precio fijo y donde el que alquila se quede con la entrada, la comida y el trago. El diagnóstico es que hoy pasa lo contrario: el dueño del local quiere la entrada, la comida, el trago y además el alquiler, y así nadie produce nada. Es el mismo razonamiento que resumen en una frase sobre el país: todo el mundo quiere invertir diez y ganarse ochenta mañana.
El obstáculo que no resuelven es dónde. Salieron a nombrar sitios y no quedó ninguno en pie. La seguridad, los horarios, los hijos adolescentes a los que hay que llevar y traer, los permisos que tienen muy pocos locales y hasta la gente de Samborondón que no quiere cruzar el puente. El episodio termina con un pedido abierto a la audiencia: alguien con un terreno o un auspiciante.
Para qué contarlo
El cierre explica la serie entera. Cuando un papá le cuenta a un hijo cómo era su época, el hijo asume que exagera; que lo escuchen de otras personas, dice Jorge, y capaz lo creen.
Y queda la frase con la que se despiden, que no es solo nostalgia. Crecieron con papás de teléfono de cable y les tocó vivir la llegada del primer celular y del internet. No son la generación que no entiende la tecnología, pero tampoco la que no sabría moverse sin ella: alcanzaron a aprenderla después de haber crecido caminando y preguntando dónde quedaba cada cosa. Por eso creen que les tocó la mejor época.




