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¿Cómo era ser la única mujer que cantaba rock en Guayaquil en los 90?

EN CORTO

Carolina Oñate cantó su primer intercolegial representando a La Salle, un colegio de hombres, y para subir con la banda salió disfrazada de hombre. Después Lenin Amores fue a pedirles permiso a sus papás, que la dejaron entrar a Signo Vital recién graduada, con su mamá sentada en cada presentación durante más de un año y la condición de no soltar arquitectura.

16 DE SEPTIEMBRE DE 20261:43:21

Tercera parada de la historia de Guayaquil, ahora desde las bandas. Seis músicos de Guayaquil City Band, Polvo, Calá, Asuntados y Signo Vital reconstruyen la escena de los bares: la única mujer que cantaba rock en la ciudad y lo que le costó llegar ahí, el tabú de tocar bailable en un matrimonio y los dos años irrepetibles en que los bares se peleaban por las bandas.

Miniatura del episodio: ¿Cómo era ser la única mujer que cantaba rock en Guayaquil en los 90?

CONDUCE

Jorge Cassis

EN ESTE EPISODIO

  • Carolina Oñate
  • Israel Maldonado
  • Roberto Bolaños
  • Roy Maruri
  • Andrés Jungbluth
  • Giovanny Hernández

TEMAS

GUAYAQUILMÚSICANOSTALGIACULTURAMUJERES

RESUMEN

Tercera parada de la serie sobre Guayaquil. Ya hubo un episodio sobre la ciudad y su comida y otro sobre la noche y las discotecas; este entra por las bandas que tocaban en esos locales. Jorge Cassis sienta a seis músicos que se conocen desde el colegio: Israel Maldonado, que fundó Guayaquil City Band y hoy lleva La Chicha Power; Roberto Bolaños, saxofonista y timbalero de esa misma banda; Roy Maruri, pianista de Asuntados y primer tecladista de Guayaquil City Band; Andrés Jungbluth, que empezó en Benimore, siguió en Calá y terminó en Polvo; Giovanny Hernández, de Calá; y Carolina Oñate, la voz de Signo Vital y la única mujer que cantaba rock en la ciudad.

Lo que la mesa termina contando es cómo se rompió un tabú. Para un rockero guayaquileño de veintitantos, tocar salsa o tocar en un matrimonio era una afrenta: eso era lo que hacían sus papás. Las bandas de bares eran una cosa y las orquestas de fiesta eran otra, y entre las dos había una frontera de clase que nadie cruzaba. La frontera se cayó en Estudio Bar, cuando Guayaquil City Band empezó a cerrar el show con «Decisiones» y «Chamo Candela», y cuando el hermano de Roberto se inventó el segmento cortavenas, un medley de José José que el administrador al principio no quería y después pedía por favor, porque era el momento en que más trago vendía.

Estudio Bar explotó por una razón que hoy suena absurda: el fenómeno del Niño. Salinas se quedó sin temporada, media ciudad estaba remodelando y ese era prácticamente el único lugar abierto. Se abrían las cortinas y entraban mil personas que en otra época no se habrían mezclado nunca. Ahí se inventó el botellón, ahí nació el formato de banda bailable en bar y ahí, dicen, nació prácticamente Guayaquil City Band.

El tramo de Carolina es el que da título al episodio y es el más concreto. Su primer intercolegial lo cantó representando a La Salle, que era un colegio de hombres y cuyo reglamento exigía que la banda fuera casi toda de ahí: entró por su profesora de canto del María Auxiliadora, que era la mamá del guitarrista, y salió al escenario disfrazada de hombre. Después Lenin Amores fue a pedirles permiso a sus papás para que cantara en Signo Vital y le dijeron que cuando terminara el colegio. Ya graduada y adentro de la banda, su mamá la acompañó a todas las presentaciones durante más de un año, hasta conocerse con los músicos, las enamoradas y las esposas. La otra condición fue no soltar la facultad: estudió arquitectura, y ella misma se describe como Clark Kent de lunes a viernes y Superman los fines de semana. Cuando Jorge pregunta qué otra banda tenía una mujer cantando, la mesa responde en coro que ninguna. La única otra mujer del rock que recuerdan es Andrea Robles, guitarrista de Idem.

Debajo de la nostalgia hay un episodio sobre un mercado que duró poco. Los seis coinciden en que fueron dos años, tal vez tres, y que nunca volvió a pasar: los bares les separaban fechas, les pedían por favor que no se comprometieran con otro, les pagaban bien y les daban carta de consumo. Todas las bandas tocaban de miércoles a sábado, todas las semanas, y la gente hacía un tour de tres bares por noche y se encontraba a los mismos amigos en los tres. Los números que ponen sobre la mesa son igual de concretos: doscientos dólares por noche para repartir entre toda la banda al principio, después ochenta para cada uno de los tres dueños y cincuenta para cada músico contratado, y con eso se vivía.

La segunda mitad se va detrás de una idea que la mesa discute en serio: un lugar para ellos. No un bar, porque ya nadie de su generación aguanta hasta las cinco de la mañana, sino un salón de eventos con escenario, mesas y sillas, que se alquile por noche y donde el que alquila se quede con la entrada, la comida y el trago. Roy es el más escéptico y propone hacerlo cada quince días o una vez al mes en vez de todos los fines de semana. El obstáculo que nadie resuelve es dónde: la seguridad, los horarios, los hijos adolescentes y el hecho de que en Guayaquil ya no queda un local con permisos donde se pueda hacer algo así.

El cierre explica para qué sirve un episodio como este. No les creen, dice Jorge: cuando un papá cuenta cómo era su época, los hijos asumen que exagera. Que lo escuchen de otras personas. Y queda la frase con la que se despiden, que es también el argumento de toda la serie: son la última generación que creció sin tecnología y alcanzó a aprenderla, y por eso creen que les tocó la mejor época.

PUNTOS CLAVE

Cada marca abre el video en ese minuto.

  1. 0:19

    Por qué este episodio: ya se habló de la comida, de la farra y de las discotecas, y faltaban las bandas de rock guayaquileñas de los ochenta y noventa.

  2. 2:45

    Antes se tocaban cinco horas seguidas. Guayaquil City Band impuso los tres sets de 45 minutos con descanso que hoy usa todo el mundo.

  3. 4:05

    Los intercolegiales como escuela: de ahí salieron casi todas las bandas que están sentadas a la mesa.

  4. 6:16

    El dúo de Viva México que empezaba a las nueve y terminaba a las tres de la mañana, cuando el local todavía no hacía música.

  5. 8:03

    El primer Polvo tocaba Beatles y rock setentero en el garaje de Kennedy Norte, y nada bailable.

  6. 8:38

    La primera banda que se atrevió a tocar algo bailable en un bar, cerrando el show con «Decisiones» y «Chamo Candela».

  7. 8:46

    El segmento cortavenas: el medley de José José que el administrador no quería y después pedía, porque era cuando más trago vendía.

  8. 9:29

    «Huellas», la canción que solo tocaba Polvo y que medio Guayaquil creía que era de ellos.

  9. 12:37

    Dónde se inventó el botellón: en Estudio Bar.

  10. 12:46

    Por qué explotó Estudio Bar: el fenómeno del Niño dejó a Salinas sin farra y era casi el único lugar abierto de la ciudad.

  11. 13:18

    «Ahí fue donde nació Guayaquil City Band prácticamente».

  12. 14:21

    Fugarse de la casa a los dieciséis para ir a ver tocar a una banda con un amplificador chiquito al lado.

  13. 16:05

    La primera banda que se vio a lo grande, con equipazo y luces contratadas: Polvo.

  14. 16:37

    Armar Asuntados a los dieciocho, con la idea fija de que una banda son cuatro porque los Beatles eran cuatro.

  15. 21:27

    Su primer intercolegial lo cantó representando a La Salle, que en esa época era un colegio de hombres.

  16. 22:07

    Cómo se resolvió eso: salió a cantar disfrazada de hombre.

  17. 22:16

    Cómo llegó: su profesora de canto del María Auxiliadora era la mamá del guitarrista de la banda.

  18. 24:48

    Combinar la farra con el noticiero: reportero en Canal 4, hoy RTS, mientras tocaba los fines de semana.

  19. 25:19

    El despido por reducción de personal y el año y medio en que la música fue el único trabajo.

  20. 26:08

    El prejuicio de la casa: que el primer oficio de un hijo fuera la música no se veía con buenos ojos.

  21. 27:30

    Las que cantaron antes que ella en Signo Vital: Diana Espinosa y Wendy Silva.

  22. 27:46

    Lenin Amores fue a pedirles permiso a sus papás y le dijeron que cuando terminara el colegio.

  23. 28:11

    Su mamá la acompañó a todas las presentaciones durante más de un año, hasta conocerse con la banda.

  24. 28:39

    La condición de la casa: te apoyo con la música, pero no dejes la facultad. Arquitectura de lunes a viernes, tarima los fines de semana.

  25. 29:52

    La mesa lo confirma: no había otra banda de bares en Guayaquil con una mujer cantando.

  26. 30:24

    El punto de inflexión de 1999: bailar encima de la mesa de un bar era impensable hasta que entró lo bailable.

  27. 31:31

    El letrero que tuvieron que poner en Viva México: el que rompe el vidrio de la mesa lo paga.

  28. 32:05

    El tabú: para un rockero de esa época, tocar salsa o tocar en un matrimonio era una afrenta.

  29. 33:22

    La única etapa en que los bares separaban fechas, pagaban bien y daban carta de consumo: «nunca más pasó, ni antes ni después».

  30. 35:38

    Cómo llegaban los matrimonios sin buscarlos: la gente los veía tocar en el bar y los contrataba para su boda.

  31. 37:04

    El tour de tres bares por noche, con los mismos amigos en los tres.

  32. 37:43

    Farrear en Bellavista, Urdesa, la Kennedy y hasta en el sur sin que pasara nada: «ese Guayaquil ya no existe».

  33. 39:20

    El recorte de Expresiones de 2002 que Carolina lleva al set, con el mapa de los bares y las bandas porteñas.

  34. 40:15

    Los empresarios que pagaban en efectivo al terminar de tocar, y los pocos que pateaban el pago.

  35. 41:01

    La autocrítica: el maltrato al músico lo causaron los mismos músicos.

  36. 44:41

    Cómo empezó todo: reducir la orquesta gigante a un órgano Hammond y un baterista, con camión y cuatro cargadores para moverlo.

  37. 47:31

    La vuelta completa: las bandas de matrimonio de hoy volvieron a ser orquestas de diez o doce.

  38. 53:05

    Andrea Robles, la única mujer que tocaba rock en guitarra en esa escena.

  39. 57:34

    La idea del bar soñado: armado para su generación y no para la actual.

  40. 58:41

    «No somos veinte pelagatos»: calculan diez o quince mil personas que no saben a dónde ir.

  41. 59:03

    Cómo tendría que ser hoy: abrir a las siete, banda a las nueve y cerrar a la una, no a las cinco de la mañana.

  42. 1:00:28

    Los factores que antes no existían: seguridad, horarios y llevar y traer hijos adolescentes.

  43. 1:02:43

    Por qué se acabaron los conciertos en el teatro: el guayaco no entendía que no podía entrar su botella.

  44. 1:04:19

    El problema de alquilar un local: se quedan con la comida, el trago y hasta con parte de la entrada.

  45. 1:05:43

    La idea concreta: un salón de eventos con escenario, que el que alquile se quede con todo.

  46. 1:07:22

    «Todo el mundo quiere invertir diez y ganarse ochenta mañana».

  47. 1:13:35

    «Se dañó la ensalada, denle a los músicos»: cómo se trataba a la banda en las fiestas de antes.

  48. 1:17:11

    El primer repertorio de Guayaquil City Band en Estudio Bar, sacado de una prueba de sonido.

  49. 1:20:31

    Lo que les preocupa de la inteligencia artificial que hace una canción en quince segundos.

  50. 1:22:19

    La respuesta al reggaetón: leer la letra de un reggaetón ecuatoriano con la melodía de «Somos novios».

  51. 1:23:32

    Lo que de verdad les molesta: esas letras sonando en fiestas infantiles.

  52. 1:24:59

    Cómo se aprendió a tocar reggaetón en vivo sin meterle saxo: pad con sonidos encima de la batería acústica.

  53. 1:26:47

    La foto de la alineación original de Guayaquil City Band, año 2000, ocho músicos.

  54. 1:28:08

    Lo que pagaba un bar: doscientos dólares para toda la banda, y después ochenta para cada dueño y cincuenta por músico.

  55. 1:29:34

    Jueves, viernes y sábado, a veces doble función, y viajes a Machala, Manta y Cuenca.

  56. 1:30:07

    Fin de año en Manta: los pusieron en el lado de los mayores y la única canción que les bailaron fue «Chamo Candela».

  57. 1:31:38

    El farol que cayó en la tarima, el palillazo, la alfombra de la batería prendida y nadie parando de tocar.

  58. 1:33:25

    Quiénes sonaban en el 96, 97 y 98: Intrépidos, Tranzas, Clip y Audi.

  59. 1:38:00

    Cómo un ensayo al que faltó el guitarrista terminó armando Támesis.

  60. 1:40:43

    Para qué sirve contar esto: a los hijos no les creen sus papás, pero sí le creen a otro.

  61. 1:41:10

    El argumento del cierre: son la última generación que creció sin tecnología y alcanzó a aprenderla.

DE QUÉ SE HABLA

La tercera parada de la misma historia

El episodio continúa la serie sobre Guayaquil. Ya hubo uno sobre la ciudad y su comida y otro sobre la noche y las discotecas, y todavía falta el de los restaurantes. Este entra por el lado que quedaba pendiente: si se habla de discotecas, hay que hablar de las bandas que tocaban adentro. De los ochenta y los noventa, aunque Jorge Cassis propone de entrada decir noventa «para no hacerlos sentir tan viejos».

La mesa son seis músicos que se conocen desde el colegio. Israel Maldonado, que fundó Guayaquil City Band y hoy lleva La Chicha Power. Roberto Bolaños, saxofonista y timbalero de esa misma banda, hijo de músico y hermano de Ricardo, el baterista, que no está en el set pero aparece en media conversación: se graba el 10 de septiembre, el día en que cumple cincuenta años. Roy Maruri, pianista de Asuntados y primer tecladista de Guayaquil City Band, también hijo de músico. Andrés Jungbluth, que empezó en Benimore en el 92, siguió en Calá y terminó en Polvo mientras trabajaba de reportero en Canal 4. Giovanny Hernández, de Calá. Y Carolina Oñate, la voz de Signo Vital.

Casi todos salieron del mismo lugar: los intercolegiales. Es el detalle que explica por qué la escena era tan chica y por qué todos se conocían de antes.

Lo que estaba prohibido

El tabú que atraviesa el episodio no es musical, es de clase. Para un rockero guayaquileño de veintitantos, tocar bailable era lo que hacían sus papás. Tocar salsa era peor. Y tocar en un matrimonio era, dicho con esa palabra, una afrenta.

La frontera era real y tenía dos lados. De uno, las bandas de bares: gente joven, repertorio en inglés, sets de hora y media. Del otro, las orquestas de fiesta, donde todos los músicos tenían veinte años más y se tocaban cinco horas seguidas. Roberto Bolaños conoció ese lado desde los catorce, en la banda de su papá, y a los veinte se botó: le dijo que si tocar significaba eso, prefería no tocar.

Lo que rompió la frontera fue una decisión de repertorio. Guayaquil City Band empezó a cerrar el show en Estudio Bar con «Decisiones» y «Chamo Candela», y nadie más en ese formato estaba tocando algo bailable. En paralelo, el hermano de Roberto se inventó el segmento cortavenas: un medley de José José metido en la mitad de un bar lleno de gente de veinticinco años. El administrador se opuso —cómo van a tocar eso aquí— y a las pocas semanas les pedía por favor que lo tocaran, porque era el momento en que más trago vendía.

Después vino la consecuencia. La gente que los veía en el bar los contrataba para su matrimonio, y de a poco todas las bandas de bares se metieron en un mercado que pagaba mejor y del que se habían estado cuidando por vergüenza.

El Niño, Estudio Bar y el botellón

El otro empujón fue climático. El fenómeno del Niño dejó a Salinas sin temporada y a buena parte de los locales de la ciudad en remodelación, y Estudio Bar quedó prácticamente como el único sitio abierto. Se abrían las cortinas y entraban mil personas que en otra época no se habrían cruzado nunca: de todas las edades, de todos los grupos, sin importar con quién estabas.

De ahí salieron tres cosas que el episodio reclama para ese local. El botellón, que se inventó ahí. El formato de banda bailable dentro de un bar. Y, según ellos mismos, el nacimiento práctico de Guayaquil City Band.

La única mujer

El tramo de Carolina Oñate es el más concreto del episodio y el que le da título.

Su primer intercolegial lo cantó representando a La Salle. La Salle era un colegio de hombres, y el reglamento exigía que la banda fuera casi toda de ahí: alrededor de seis alumnos del colegio por cada integrante traído de afuera. Ella entró por una puerta lateral, que es la que suelen tener estas historias: su profesora de canto del María Auxiliadora era la mamá del guitarrista. Y para poder subirse al escenario con ellos salió disfrazada de hombre.

Lo que vino después tampoco fue automático. Lenin Amores fue a la casa a pedirles permiso a sus papás para que cantara en Signo Vital, y la respuesta fue que cuando terminara el colegio. Recién graduada entró formalmente a la banda, y durante más de un año su mamá la acompañó a todas las presentaciones, hasta que se conoció con los músicos, con las enamoradas, con las esposas y con los amigos de siempre, y recién ahí le dijo que se fuera sola.

La segunda condición fue no soltar la facultad. Estudió arquitectura, y ella misma resume esos años con una imagen que no necesita explicación: Clark Kent de lunes a viernes, Superman los fines de semana.

Cuando Jorge pregunta qué otra banda tenía una mujer cantando, la mesa contesta en coro que ninguna. No en bares. La única otra mujer del rock que logran recordar es Andrea Robles, que tocaba guitarra en Idem. Antes de Carolina habían pasado por Signo Vital Diana Espinosa y Wendy Silva; cuando ella se fue, dejó en su lugar a una compañera de curso a la que había visto pararse a cantar en una fiesta del colegio, la presentó, les dio la bendición y siguió su vida.

Dos años que no volvieron

La parte menos nostálgica del episodio es la que describe un mercado. Los seis coinciden en que duró dos años, tal vez tres, y en que nunca volvió a pasar ni antes ni después.

En esos dos años los bares les separaban fechas y les pedían por favor que no se comprometieran con otro local. Les pagaban bien. Les daban carta de consumo. Todas las bandas tocaban de miércoles a sábado, todas las semanas, y la gente hacía un tour de tres bares por noche y se encontraba a los mismos amigos en los tres. Se farreaba en Bellavista, en Urdesa, en la Kennedy y hasta en el sur, y no pasaba nada.

Las cifras que ponen encima son igual de concretas. Doscientos dólares por noche para repartir entre toda la banda al principio, cuando eran seis y después ocho. Más adelante, ochenta para cada uno de los tres dueños y cincuenta para cada músico contratado. Con eso vivían, y alguno cuenta que ni sabía qué hacer con la plata.

Hay también una autocrítica que no se esperaba. Cuando sale el tema del maltrato al músico —el empresario que patea el pago, la fiesta donde a la banda se le manda la ensalada dañada—, la conclusión de la mesa es que la culpa fue de los propios músicos, que dejaron que se instalara.

La tarima en llamas

La anécdota que cierra el episodio pasó un fin de año en Manta. Llevaron a Guayaquil City Band como la banda de Guayaquil, pero el organizador cometió un error: había un lado para los jóvenes y otro para las personas mayores, y los pusieron en el de los mayores. No bailó nadie. La única canción que sacó gente a la pista fue «Chamo Candela».

Atrás de la tarima, en un terreno baldío, alguien empezó a soltar esos faroles de fin de año que se elevan. Uno se les vino encima. Roberto lo vio llegar, reaccionó pegándole un palillazo y lo desbarató; un pedazo encendido cayó en la alfombra de la batería de su hermano, que siguió tocando mientras con un pie apagaba el fuego. Nadie paró. Y la razón por la que nadie paró es la mejor parte: era la única canción que les estaban bailando en toda la noche.

El lugar que no existe

La segunda mitad del episodio la ocupa una idea que discuten en serio. Quieren un lugar para ellos. No para la generación actual: para la suya.

Lo primero que descartan es que sea un bar. Ya nadie de esa edad aguanta hasta las cinco de la mañana, y el formato tendría que ser otro: abrir a las siete, la banda a las nueve, cerrar a la una o a las dos. Roy es el más escéptico del asunto y propone algo distinto: no un local abierto todos los fines de semana, sino eventos cada quince días o una vez al mes. Israel insiste en que hay público de sobra, y da el número: no son veinte pelagatos, son diez o quince mil personas que no saben a dónde ir.

Donde sí se ponen de acuerdo es en el modelo. Un salón de eventos con escenario, mesas, sillas y parqueo, que se alquile por noche a un precio fijo y donde el que alquila se quede con la entrada, la comida y el trago. El diagnóstico es que hoy pasa lo contrario: el dueño del local quiere la entrada, la comida, el trago y además el alquiler, y así nadie produce nada. Es el mismo razonamiento que resumen en una frase sobre el país: todo el mundo quiere invertir diez y ganarse ochenta mañana.

El obstáculo que no resuelven es dónde. Salieron a nombrar sitios y no quedó ninguno en pie. La seguridad, los horarios, los hijos adolescentes a los que hay que llevar y traer, los permisos que tienen muy pocos locales y hasta la gente de Samborondón que no quiere cruzar el puente. El episodio termina con un pedido abierto a la audiencia: alguien con un terreno o un auspiciante.

Para qué contarlo

El cierre explica la serie entera. Cuando un papá le cuenta a un hijo cómo era su época, el hijo asume que exagera; que lo escuchen de otras personas, dice Jorge, y capaz lo creen.

Y queda la frase con la que se despiden, que no es solo nostalgia. Crecieron con papás de teléfono de cable y les tocó vivir la llegada del primer celular y del internet. No son la generación que no entiende la tecnología, pero tampoco la que no sabría moverse sin ella: alcanzaron a aprenderla después de haber crecido caminando y preguntando dónde quedaba cada cosa. Por eso creen que les tocó la mejor época.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Quién era la única mujer que cantaba rock en Guayaquil en los noventa?

Carolina Oñate, la voz de Signo Vital. Los seis músicos sentados a la mesa, que tocaban en los bares de la época, coinciden en que no había otra banda guayaquileña de bares con una mujer al frente. La única otra mujer de esa escena que recuerdan es Andrea Robles, guitarrista de Idem. Antes de Carolina habían pasado por Signo Vital Diana Espinosa y Wendy Silva, y cuando ella salió dejó en su lugar a una compañera del curso a la que vio cantar en una fiesta del colegio.

¿Por qué tuvo que cantar disfrazada de hombre?

Porque su primer intercolegial lo cantó representando a La Salle, que en esa época era un colegio de hombres y cuyo reglamento exigía que la banda fuera casi toda de ahí: alrededor de seis alumnos del colegio por cada integrante de afuera. Ella llegó por su profesora de canto del María Auxiliadora, que era la mamá del guitarrista, y para poder subir al escenario con ellos salió disfrazada de hombre.

¿Por qué tocar en un matrimonio era una vergüenza para un rockero de los noventa?

Porque era un tabú social y también de clase. Tocar bailable, y sobre todo tocar salsa, era lo que hacían sus papás y las orquestas de fiesta, y un músico de veintitantos no se imaginaba a un compañero de colegio arriba de esa tarima. Guayaquil City Band lo rompió cerrando el show en Estudio Bar con temas bailables, y cuando funcionó las demás bandas entraron al mercado de los matrimonios, que además pagaba mucho mejor que un bar.

¿Cuánto le pagaban a una banda por tocar una noche entera en un bar?

Doscientos dólares para repartir entre toda la banda era la tarifa del principio, cuando eran seis y después ocho integrantes. Más adelante el reparto que recuerdan es de ochenta dólares para cada uno de los tres dueños de la banda y cincuenta para cada músico contratado. Con eso se vivía: tocaban jueves, viernes y sábado, a veces doble función, y viajaban a Machala, Manta y Cuenca.

¿Qué tuvo que ver el fenómeno del Niño con el boom de Estudio Bar?

El Niño dejó a Salinas sin temporada de farra y a buena parte de los locales de Guayaquil en remodelación, así que Estudio Bar quedó prácticamente como el único lugar abierto. Se abrían las cortinas y entraban cerca de mil personas de edades y grupos que en otra época no se habrían mezclado. De ahí salieron el botellón, el formato de banda bailable en bar y, según ellos mismos, prácticamente el nacimiento de Guayaquil City Band.

¿Qué bandas y qué bares aparecen en el episodio?

Las bandas que se nombran son Guayaquil City Band, Polvo, Calá, Asuntados, Signo Vital, Benimore, Epidemia, Standby, Idem, White Rose, Crisis, Los de Atrás, Támesis, Tranzas, Clip e Intrépidos. Los locales que recorren son Estudio Bar, Apumachay, Café del Sol, Santé, que antes fue Amén, Viva México, La Fuente Alemana, Limbo, Gosata y el garaje de Kennedy Norte donde empezó Polvo.
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