Por qué hubo segunda parte
En “Guayaquil de mis amores” la conversación sobre la vida nocturna se desbordó: era apenas un tramo del programa y terminó comiéndose el episodio. Jorge Cassis lo dice sin rodeos al arrancar. Así que esta vez la mesa está armada solo para eso, y con gente que no fue público sino que estuvo del otro lado de la barra.
Vuelve Antonio Hanna, dueño de Café Club, Pompidou y La Crema. Se suma Silvia Ponce, figura de la noche de los noventa y los dos mil. Aparece Edmundo Jácome, que después de siete programas detrás de cámaras se sienta por primera vez frente a ellas. Y llega Israel Maldonado, de Guayaquil City Band, que había reclamado no haber sido invitado a la primera parte.
El mapa de la noche, en orden
El grueso del episodio es un ejercicio de memoria colectiva, y el criterio es cronológico. Empieza por El Rollo en el centro y Los 90 junto al Tenis Club, sigue con Tequila Lala en Maruri y Viga, y llega a Ozono en 1996, que la mesa recuerda como el local que rompió el esquema de lo que se venía haciendo.
De ahí en adelante el inventario se acelera: Infinity —a la que ya se le decía “Infiernity”, porque no se arrancaba ahí la noche sino que se cerraba—, Etcétera, LQ, Exes, Cañitas, Palosanto, Santo Remedio, Barrio Viejo, Gulligans, el Ático, Falls, Amén, Millenium, Pompidou, La Crema, Gosata, Écate, Buda Bar, Apumachai, Mondo Sport, Batuta, Bola 8, Malabar, Terapia y Picasso.
Locales que ocuparon la misma dirección
Buena parte de la gracia del episodio está en que muchos de esos nombres son el mismo lugar en distintos momentos: donde fue Café Club después fue Romanos y más tarde Picasso; donde fue Apumachai después fue Mondo Sport. Reconstruir el orden les toma tiempo y les falla la memoria más de una vez, y esa dificultad muestra mejor que cualquier dato el ritmo al que rotaba la noche guayaquileña.
El negocio que había detrás
Debajo de la nostalgia hay un episodio sobre un modelo comercial que dejó de existir, y es la parte más concreta de la conversación.
Cómo funcionaba la membresía
Hanna lo explica en detalle. El socio pagaba una cuota anual y con eso entraba sin cover las veces que quisiera, tenía descuento en la botella y recibía una de regalo en su cumpleaños. Las membresías se vendían con meses de anticipación, de modo que el local arrancaba la temporada con la inversión ya cubierta.
Lo importante es que el filtro no era un efecto secundario: era el producto. Sin tarjeta de socio te quedabas afuera aunque el portero te conociera de toda la vida. La mesa recuerda a los porteros que sostenían esa regla y coincide en que ahí estaba el valor: adentro había gente conocida y nadie más.
Dos años y a cambiar de nombre
La otra pieza es la vida útil del local. Una discoteca duraba alrededor de dos años antes de perder a su público. Cuando eso pasaba había dos salidas: cambiarle el nombre y la imagen para volver a vender membresías al año siguiente, o mudarse a Salinas por temporada con otra marca. El calendario mandaba, porque entre enero y abril la ciudad se vaciaba hacia la playa.
Las primeras veces que reivindica Hanna
Hanna se atribuye varias importaciones. Puso la cabina del DJ a la vista cuando la costumbre era esconderlo, y traía DJs de discotecas de Estados Unidos. Trajo go-go dancers y drag queens, algunas contratadas directamente en Vulcano. Y cuenta la historia del Red Bull: un amigo en Miami tenía 200 cajas que no lograba colocar, se las mandó todas y se acabaron en tres semanas.
Studio 54, un caballo blanco y una ordenanza
La fiesta de Amén
Silvia Ponce recuerda la fiesta inspirada en Studio 54 que se organizó en Amén, con un DJ traído de Nueva York y la crema de la ciudad invitada. Ella entró a la pista montada en un caballo blanco, replicando la entrada que la esposa de Mick Jagger había hecho en el cumpleaños del músico. Jorge lamenta en broma que no exista registro en video.
El galpón de Las Américas
El episodio dentro del episodio lo aporta Israel Maldonado. En el año 2000 una ordenanza municipal obligó a cerrar los bares de Víctor Emilio Estrada, es decir, prácticamente toda la oferta nocturna de la ciudad de un solo golpe. Un grupo de socios respondió alquilando un galpón cerca del aeropuerto y montando ahí Studio Bar, con capacidad para mil personas y un escenario con cortina roja y camerinos a los costados.
El resultado fue que Studio Bar quedó como el único bar abierto de Guayaquil esa temporada: mil personas adentro y doscientas haciendo fila afuera, jueves y viernes. Maldonado fue a negociar acompañado de Ricardo Bolaños y salieron con un contrato de tres meses de exclusividad. Tenía diecinueve años y unos meses de carrera. Cuando Studio Bar empezó a caer abrió Apumachai, y la banda pasó a ser la casa de ese local.
El formato que quedó
Ahí nació también algo que hoy se da por sentado. Hasta entonces tocaban orquestas de repertorio cerrado; Guayaquil City Band armó sets que mezclaban a Luis Miguel con José José y con salsa, y ese formato es el que replican las bandas guayaquileñas desde entonces.
Lo que no tiene reemplazo
El cierre es menos festivo que el resto. Cuando Jorge pregunta a dónde saldrían hoy, ninguno tiene respuesta. La mesa señala dos cosas que se perdieron: el derecho de admisión, que sostenía el modelo entero, y la posibilidad de una noche sin cámaras encima.
De ahí sale la hipótesis final, que es también una propuesta de negocio: existe un mercado desatendido de gente de cuarenta para arriba, que no va a ir a los locales de los veinteañeros y que no tiene a dónde ir. Una barra con lista cerrada, membresía y cero redes sociales. Como evidencia mencionan un evento reciente que organizaron y que se llenó.
Hanna cierra con la frase que resume su oficio mejor que cualquier balance: una discoteca no vende trago, vende fantasía. Vende la promesa de que esa noche vas a ser el rey. Todo lo demás —la puerta, la música, la lista de socios— existe para sostener esa promesa.




