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Los reyes de la noche: Guayaquil en los 90

EN CORTO

Segunda parte de «Guayaquil de mis amores», dedicada solo a la vida nocturna porque el episodio anterior se desbordó al llegar ahí. Cuatro personas que estuvieron del otro lado de la barra recorren en orden cronológico los locales que marcaron la época, de El Rollo a Los 90 y Tequila.

19 DE AGOSTO DE 202647:16

Antonio Hanna, Silvia Ponce, Edmundo Jácome e Israel Maldonado reconstruyen la noche guayaquileña de los noventa: el modelo de membresías que decidía quién entraba, las discotecas que duraban dos años y una ciudad que se farreaba sin celulares.

Miniatura del episodio: Los reyes de la noche: Guayaquil en los 90

CONDUCE

Jorge Cassis

EN ESTE EPISODIO

  • Antonio Hanna
  • Silvia Ponce
  • Edmundo Jácome
  • Israel Maldonado

TEMAS

GUAYAQUILNOSTALGIACULTURANEGOCIOS

RESUMEN

Segunda parte de "Guayaquil de mis amores". Aquel episodio se desbordó cuando llegó a la vida nocturna, así que Jorge Cassis arma una mesa dedicada solo a eso, con gente que estuvo del otro lado de la barra: Antonio Hanna, dueño de Café Club, Pompidou y La Crema; Silvia Ponce, figura de la noche de los noventa y los dos mil; Edmundo Jácome, que aparece frente a cámaras por primera vez después de siete programas detrás; e Israel Maldonado, de Guayaquil City Band.

El recorrido es cronológico y funciona como un mapa: El Rollo, Los 90, Tequila Lala, Viga, Ozono, Infinity, Etcétera, Cañitas, Palosanto, Gulligans, el Ático, Amén, Millenium, Pompidou, La Crema, Gosata, Écate, Apumachai, Bola 8, Malabar, Terapia y Picasso. Muchos son locales que ocuparon la misma dirección uno tras otro, y buena parte del episodio es la mesa tratando de reconstruir en qué orden.

Debajo de la nostalgia hay un episodio sobre un modelo de negocio que ya no existe. Hanna explica cómo funcionaba la membresía: se pagaba una cuota anual, se entraba sin cover, había descuento en la botella y una de regalo en el cumpleaños. Sin tarjeta de socio te quedabas afuera, y ese filtro era exactamente el producto. Una discoteca duraba unos dos años; después tocaba cambiarle el nombre y la imagen para volver a vender membresías, o irse a Salinas por temporada.

Hanna también reivindica varias primeras veces: la cabina de DJ a la vista cuando al DJ se lo escondía, las go-go dancers, las drag queens traídas de Vulcano y las 200 cajas de Red Bull que le mandaron desde Miami y se acabaron en tres semanas.

Israel Maldonado aporta el episodio dentro del episodio: en el año 2000 una ordenanza municipal cerró los bares de Víctor Emilio Estrada, y un grupo de socios respondió alquilando un galpón cerca del aeropuerto. Studio Bar terminó siendo el único bar abierto de la ciudad esa temporada, con mil personas adentro y doscientas en fila, y ahí despegó Guayaquil City Band con un contrato de tres meses de exclusividad.

El cierre es menos festivo. La mesa coincide en que hoy no sabrían a dónde ir, y aparece la hipótesis de que hay un mercado desatendido: gente de cuarenta para arriba, membresía, sin redes sociales. Hanna resume el oficio en una frase: una discoteca no vende trago, vende fantasía.

PUNTOS CLAVE

Cada marca abre el video en ese minuto.

  1. 0:45

    Jorge Cassis explica por qué hubo que hacer una segunda parte: en "Guayaquil de mis amores" el tema de la farra se desbordó.

  2. 1:38

    Presentación de la mesa: Antonio Hanna, Edmundo Jácome, Silvia Ponce e Israel Maldonado.

  3. 3:03

    Arranca el recorrido cronológico: El Rollo en el centro, Los 90 junto al Tenis Club, Tequila Lala en Maruri y Viga.

  4. 3:59

    Ozono, en 1996, como el local que rompió el esquema de lo que se hacía hasta entonces.

  5. 4:46

    Infinity, a la que ya se le decía "Infiernity": no se arrancaba ahí la noche, se cerraba.

  6. 6:07

    Barrio Viejo en Urdesa Norte y los Coctelitos, donde se compraba la botella preparada para llevar.

  7. 7:01

    La farra sin celulares y sin nadie grabando: "éramos felices y no lo sabíamos".

  8. 7:17

    El ritual completo: el carro prestado, las botellas compradas de paso y el remate en el mirador de Urdenor o Bellavista.

  9. 9:23

    Antonio Hanna cuenta cómo nació Café Club y cómo salieron a vender membresías uno por uno.

  10. 9:59

    La exclusividad como producto: sin tarjeta de socio no se entraba, aunque el portero te conociera.

  11. 11:36

    El modelo de negocio de las barras explicado en detalle: cuota anual, entrada libre, descuento en botella y una de regalo en el cumpleaños.

  12. 13:49

    Cuánto vivía una discoteca: alrededor de dos años, hasta que perdía a su público.

  13. 14:02

    El problema de la temporada: cerrar cuatro meses, cambiarle la imagen al local para revender membresías o mudarse a Salinas con otro nombre.

  14. 14:51

    Apumachai como punto de referencia de la farra guayaquileña, y el origen de la costumbre del botellazo.

  15. 15:38

    El rock en vivo de Gulligans y el grito del Mono Palau durante el solo de guitarra.

  16. 18:56

    La fiesta inspirada en Studio 54 que se hizo en Amén, con un DJ traído de Nueva York y Silvia Ponce entrando a la pista en un caballo blanco.

  17. 22:49

    En Gosata abre el primer karaoke de Guayaquil; Israel admite que le pareció una idea condenada al fracaso.

  18. 25:08

    La Crema y la cabina de DJ a la vista, en una época en la que al DJ se lo escondía. También llegaron las go-go dancers y las drag queens.

  19. 26:13

    La historia del Red Bull: 200 cajas traídas desde Miami que se acabaron en tres semanas.

  20. 29:37

    La pregunta incómoda del presente: ninguno sabría hoy a dónde salir en Guayaquil.

  21. 30:40

    "Yo vendo fantasías": Hanna explica qué es lo que realmente se vende en una discoteca.

  22. 31:13

    La hipótesis del mercado desatendido: una barra con membresía para mayores de cuarenta y sin redes sociales.

  23. 33:14

    Año 2000: una ordenanza municipal obliga a cerrar los bares de Víctor Emilio Estrada.

  24. 33:47

    La respuesta fue un galpón en Las Américas: nace Studio Bar, con mil personas adentro y doscientas en fila.

  25. 35:11

    Israel Maldonado y Ricardo Bolaños cierran tres meses de exclusividad y ahí despega Guayaquil City Band.

  26. 37:25

    El formato que inventaron y que hoy replican todas las bandas de la ciudad: mezclar en un mismo set a Luis Miguel, José José y la salsa.

  27. 39:22

    Se fumaba dentro de la discoteca, algo que hoy resulta impensable.

  28. 39:50

    El origen de los cortavenas en Guayaquil, inspirados en un bar quiteño, y por qué fueron el mejor negocio de todos: inversión mínima.

  29. 40:05

    Ocean Club y La Sal en Salinas, y después La Sal en Manta y en La Puntilla.

  30. Los recuerdos de la temporada en Salinas: las cabañas de Mar Bravo, Four Winds y las caravanas de carros rumbo a la playa.

  31. Las fiestas privadas que marcaron época y funcionaban como circuito paralelo al de las discotecas.

DE QUÉ SE HABLA

Por qué hubo segunda parte

En “Guayaquil de mis amores” la conversación sobre la vida nocturna se desbordó: era apenas un tramo del programa y terminó comiéndose el episodio. Jorge Cassis lo dice sin rodeos al arrancar. Así que esta vez la mesa está armada solo para eso, y con gente que no fue público sino que estuvo del otro lado de la barra.

Vuelve Antonio Hanna, dueño de Café Club, Pompidou y La Crema. Se suma Silvia Ponce, figura de la noche de los noventa y los dos mil. Aparece Edmundo Jácome, que después de siete programas detrás de cámaras se sienta por primera vez frente a ellas. Y llega Israel Maldonado, de Guayaquil City Band, que había reclamado no haber sido invitado a la primera parte.

El mapa de la noche, en orden

El grueso del episodio es un ejercicio de memoria colectiva, y el criterio es cronológico. Empieza por El Rollo en el centro y Los 90 junto al Tenis Club, sigue con Tequila Lala en Maruri y Viga, y llega a Ozono en 1996, que la mesa recuerda como el local que rompió el esquema de lo que se venía haciendo.

De ahí en adelante el inventario se acelera: Infinity —a la que ya se le decía “Infiernity”, porque no se arrancaba ahí la noche sino que se cerraba—, Etcétera, LQ, Exes, Cañitas, Palosanto, Santo Remedio, Barrio Viejo, Gulligans, el Ático, Falls, Amén, Millenium, Pompidou, La Crema, Gosata, Écate, Buda Bar, Apumachai, Mondo Sport, Batuta, Bola 8, Malabar, Terapia y Picasso.

Locales que ocuparon la misma dirección

Buena parte de la gracia del episodio está en que muchos de esos nombres son el mismo lugar en distintos momentos: donde fue Café Club después fue Romanos y más tarde Picasso; donde fue Apumachai después fue Mondo Sport. Reconstruir el orden les toma tiempo y les falla la memoria más de una vez, y esa dificultad muestra mejor que cualquier dato el ritmo al que rotaba la noche guayaquileña.

El negocio que había detrás

Debajo de la nostalgia hay un episodio sobre un modelo comercial que dejó de existir, y es la parte más concreta de la conversación.

Cómo funcionaba la membresía

Hanna lo explica en detalle. El socio pagaba una cuota anual y con eso entraba sin cover las veces que quisiera, tenía descuento en la botella y recibía una de regalo en su cumpleaños. Las membresías se vendían con meses de anticipación, de modo que el local arrancaba la temporada con la inversión ya cubierta.

Lo importante es que el filtro no era un efecto secundario: era el producto. Sin tarjeta de socio te quedabas afuera aunque el portero te conociera de toda la vida. La mesa recuerda a los porteros que sostenían esa regla y coincide en que ahí estaba el valor: adentro había gente conocida y nadie más.

Dos años y a cambiar de nombre

La otra pieza es la vida útil del local. Una discoteca duraba alrededor de dos años antes de perder a su público. Cuando eso pasaba había dos salidas: cambiarle el nombre y la imagen para volver a vender membresías al año siguiente, o mudarse a Salinas por temporada con otra marca. El calendario mandaba, porque entre enero y abril la ciudad se vaciaba hacia la playa.

Las primeras veces que reivindica Hanna

Hanna se atribuye varias importaciones. Puso la cabina del DJ a la vista cuando la costumbre era esconderlo, y traía DJs de discotecas de Estados Unidos. Trajo go-go dancers y drag queens, algunas contratadas directamente en Vulcano. Y cuenta la historia del Red Bull: un amigo en Miami tenía 200 cajas que no lograba colocar, se las mandó todas y se acabaron en tres semanas.

Studio 54, un caballo blanco y una ordenanza

La fiesta de Amén

Silvia Ponce recuerda la fiesta inspirada en Studio 54 que se organizó en Amén, con un DJ traído de Nueva York y la crema de la ciudad invitada. Ella entró a la pista montada en un caballo blanco, replicando la entrada que la esposa de Mick Jagger había hecho en el cumpleaños del músico. Jorge lamenta en broma que no exista registro en video.

El galpón de Las Américas

El episodio dentro del episodio lo aporta Israel Maldonado. En el año 2000 una ordenanza municipal obligó a cerrar los bares de Víctor Emilio Estrada, es decir, prácticamente toda la oferta nocturna de la ciudad de un solo golpe. Un grupo de socios respondió alquilando un galpón cerca del aeropuerto y montando ahí Studio Bar, con capacidad para mil personas y un escenario con cortina roja y camerinos a los costados.

El resultado fue que Studio Bar quedó como el único bar abierto de Guayaquil esa temporada: mil personas adentro y doscientas haciendo fila afuera, jueves y viernes. Maldonado fue a negociar acompañado de Ricardo Bolaños y salieron con un contrato de tres meses de exclusividad. Tenía diecinueve años y unos meses de carrera. Cuando Studio Bar empezó a caer abrió Apumachai, y la banda pasó a ser la casa de ese local.

El formato que quedó

Ahí nació también algo que hoy se da por sentado. Hasta entonces tocaban orquestas de repertorio cerrado; Guayaquil City Band armó sets que mezclaban a Luis Miguel con José José y con salsa, y ese formato es el que replican las bandas guayaquileñas desde entonces.

Lo que no tiene reemplazo

El cierre es menos festivo que el resto. Cuando Jorge pregunta a dónde saldrían hoy, ninguno tiene respuesta. La mesa señala dos cosas que se perdieron: el derecho de admisión, que sostenía el modelo entero, y la posibilidad de una noche sin cámaras encima.

De ahí sale la hipótesis final, que es también una propuesta de negocio: existe un mercado desatendido de gente de cuarenta para arriba, que no va a ir a los locales de los veinteañeros y que no tiene a dónde ir. Una barra con lista cerrada, membresía y cero redes sociales. Como evidencia mencionan un evento reciente que organizaron y que se llenó.

Hanna cierra con la frase que resume su oficio mejor que cualquier balance: una discoteca no vende trago, vende fantasía. Vende la promesa de que esa noche vas a ser el rey. Todo lo demás —la puerta, la música, la lista de socios— existe para sostener esa promesa.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Cómo funcionaba la membresía de las discotecas guayaquileñas de los noventa?

Antonio Hanna lo explica en detalle: se pagaba una cuota anual, se entraba sin cover, había descuento en la botella y una de regalo en el cumpleaños. Sin tarjeta de socio te quedabas afuera aunque el portero te conociera, y ese filtro era exactamente el producto que se vendía.

¿Cuánto duraba una discoteca en esa época?

Alrededor de dos años, hasta que perdía a su público. Después tocaba cambiarle el nombre y la imagen al local para volver a vender membresías, o mudarse a Salinas por temporada con otro nombre. Por eso varios locales míticos ocuparon una tras otra la misma dirección.

¿Qué fue el Studio Bar?

En el año 2000 una ordenanza municipal cerró los bares de Víctor Emilio Estrada. Un grupo de socios respondió alquilando un galpón cerca del aeropuerto, y ese local terminó siendo el único bar abierto de la ciudad esa temporada, con mil personas adentro y doscientas en fila. Ahí despegó Guayaquil City Band, con un contrato de tres meses de exclusividad.

¿Qué vende realmente una discoteca?

Hanna lo resume en una frase que ordena todo el episodio: una discoteca no vende trago, vende fantasía. De ahí salen la cabina de DJ a la vista cuando al DJ se lo escondía, las go-go dancers y las 200 cajas de Red Bull traídas de Miami que se acabaron en tres semanas.