Lo que se vende sin receta
Fernando Ojeda, traumatólogo y deportólogo, arranca el episodio yendo directo al punto: la testosterona es de venta libre en cualquier farmacia del Ecuador. No hace falta receta ni hay restricción de edad; basta con decir que es para otra persona para que la vendan. Gabriela Suescum trae la pregunta que dice traer desde niña: si de sobra se sabe que el exceso de testosterona causa problemas, ¿por qué los hombres se la siguen inyectando?
La respuesta separa dos cosas que suelen confundirse. La testosterona es real y necesaria como terapia cuando el cuerpo deja de producirla —empieza a bajar a partir de los 35 años y puede desplomarse en un adulto mayor sedentario— y ahí una terapia de reemplazo bien indicada cambia la vida de alguien. El problema es otro: los adolescentes en pleno crecimiento que se comparan con sus compañeros y encuentran, sin receta ni supervisión, el derivado que cualquier farmacia vende. Es, dice Ojeda, un secreto a voces.
El mecanismo: hipogonadismo
Inyectarse testosterona que el cuerpo no necesita produce hipogonadismo: la glándula detecta que la hormona le está llegando de afuera y deja de producirla por su cuenta. Ojeda lo compara con darle un bono mensual a alguien que tiene trabajo hasta que deja de buscarlo, o con el ojo que se hace vago si no se le exige usarlo. La recuperación es posible, pero muchos efectos no lo son: la ginecomastia —la salida de mamas— es el ejemplo que pone, y a eso se suma lo que ve en su consulta: adolescentes agresivos con sus padres, cambios de carácter y un paciente de apenas 20 años con el hígado destruido, camino a una cirrosis no alcohólica, por autoinyectarse sin control.
Terapia de reemplazo contra “ciclo”
La distinción que Ojeda insiste en marcar es técnica y central. La terapia de reemplazo hormonal (TRT) usa dosis bajas y constantes, cada 72 horas, para mantener niveles estables sin picos; una vez que empieza, suele ser de por vida, porque el cuerpo ya no vuelve a producir por su cuenta. El “ciclo” que se conoce en el mundo del fisicoculturismo es otra cosa: dosis suprafisiológicas por dos o tres meses para ganar fuerza y masa muscular rápido, que se pierden en gran parte —hasta el 70%— al dejarlas, salvo que se sepa dosificar la salida.
Jorge le pregunta directamente qué pasaría si decidiera inyectarse una hormona de 350 dólares, y Ojeda no lo suaviza: existen “doctores prostituidos” que recetan sin que haya una necesidad médica real. La diferencia entre una indicación legítima y un capricho estético termina siendo, muchas veces, solo el criterio de quien firma la receta.
Jorge suma su propia historia —16 años en recuperación como adicto— para explicar por qué prefiere no depender de ningún químico, aunque eso signifique quedarse “flaco y flácido”. El cierre de este tramo es un pedido directo a los padres: no automedicar a los hijos, y entender que ahorrarse una consulta médica de 20 dólares puede terminar costando mucho más.
La segunda mitad: Samborondón por dentro
Sin cambiar de invitado, la conversación gira hacia la precandidatura de Fernando Ojeda a la alcaldía de Samborondón. Identifica tres ejes: la vialidad, que nunca se diseñó para el crecimiento explosivo de las urbanizaciones del cantón; la seguridad, que considera comparativamente mejor precisamente por la falta de vías de escape para un ladrón; y la falta de áreas verdes, reducida a dos parques, uno de ellos de puro cemento.
El negocio del agua
De ahí sale el tramo más concreto del episodio. Gabi paga casi 200 dólares al mes a Amagua y aun así necesita tanquero tres o cuatro veces por mes, a 80 dólares cada uno. Ojeda arma el mecanismo: Interagua le vende el metro cúbico a Amagua a diez centavos, y Amagua lo revende varias veces más caro sin que la presión alcance para que el agua llegue todos los días. A eso se suma el parterre central de la vía principal, que se rompe y se repara cada año con el mismo contrato de mantenimiento, sin auditoría visible de por qué.
El túnel y el censo
Jorge propone un túnel pagado con peaje como la única solución de fondo para el tráfico del cantón, y comparan Samborondón con los carriles express de Miami. Ojeda aporta el dato del censo: de 80.000 habitantes en la parroquia satélite, casi todos tienen carro propio, así que el transporte público no resuelve el problema real.
El cierre: quién decide la alcaldía
El episodio termina con el dato que explica por qué nada cambia: el ausentismo electoral en La Puntilla, donde vive la mayoría, es del 5%, pero en la cabecera cantonal sube al 30%. Quien gana la alcaldía de Samborondón lo decide, casi siempre, la parroquia satélite.




