La “prostitución dental”
Jorge Cassis abre el episodio atando cabos con uno anterior, en el que el doctor Fernando Ojeda habló de los profesionales de la salud que recetan testosterona a jóvenes de 20 años de manera irresponsable. Esta vez el tema es el mismo, trasladado a la boca: lo que él llama la “prostitución dental”. Odontólogos que liman y destrozan dientes con tal de poner unas carillas, o que hacen implantes sin ser expertos en implantes, sin saber el daño que causan. Y lo dice, aclara, por experiencia propia.
Del otro lado de la mesa está la familia de la clínica dental Falquez. El doctor Luis Falquez, rehabilitador oral, es el responsable de que Jorge hoy sonría tranquilo. Marité acaba de volver de España, donde terminó su especialización en rehabilitación y estética, y lleva un mes trabajando en la clínica. Luis Manuel termina odontología en diciembre. Y Luis Armando, “la oveja negra”, empezó medicina, la dejó a los dos años y hoy estudia administración de empresas: es el que lleva los números. La mamá, María Estrella, también es dentista y no está en la mesa, pero manda saludos.
El caso de Jorge
Jorge cuenta que, después de publicar el video de su tratamiento, mucha gente le escribió para confesarle problemas dentales que nunca se había atrevido a contar. Su propio caso lo resume así: quien le puso los implantes antes había hecho apenas uno, dos o tres, en hueso sano y con el diente recién sacado, todo a favor. Con él se animó a abrirle la encía entera, y el resultado fue un implante apuntando para un lado y otro para el contrario.
Lo pone también en plata: si hubiera llegado primero a la clínica Falquez, el tratamiento le habría costado “un carro no más”. Por haber pasado antes por otras manos, pagó dos.
Preparación antes que títulos
Luis Falquez aclara algo de entrada, para que la audiencia lo sepa: no es ilegal que un dentista general ponga implantes, y uno bien preparado puede hacerlo tan bien como un especialista. Él dirigió durante años la especialidad de rehabilitación oral en la provincia y siempre la abrió a dentistas generales. En Estados Unidos, recuerda, el dentista de batalla es el general. El problema no es el título, sino la gente que no se capacita.
Marité suma su mirada. Es tercera generación de dentistas por ambos lados de la familia, y según su papá fue la primera ecuatoriana en conseguir, a los 22 años, uno de los seis cupos anuales de su especialización en la Universidad Complutense, donde solo uno es para extranjeros. Ahora la aceptaron en la Universidad de California para seguir con rehabilitación estética en la parte digital, y se va en enero. Lamenta que en Ecuador la formación odontológica más reconocida sea la privada, cuando en España la gente aspira a la universidad pública por calidad.
Diez mil dentistas y ningún técnico
Cuando Luis Falquez estudió odontología había una sola facultad en Guayaquil, la estatal. Hoy hay cinco. Él se declara a favor de que haya oferta, pero le hace a la cámara una pregunta que deja a Jorge incrédulo: ¿cuántos técnicos dentales graduados hay en Guayaquil? Cero. Las principales universidades de la ciudad no tienen la carrera, y los laboratorios que fabrican las prótesis están, en su mayoría, en manos de gente que aprendió de forma improvisada.
Los 86 millones
Luis Falquez cuenta que, cuando le pidieron ayuda para entender qué pasaba con la enseñanza de odontología en una universidad, reunió a las autoridades de la facultad y pidió los números. “Esto es un tema de terror”, advierte. Entre 1990 y 2020 se graduaron 10.000 dentistas, y solo el 30% ejerce. Con su estimación de 1.250 dólares por semestre, formar a los 7.000 que no ejercen le costó al Estado unos 86,8 millones de dólares, de una sola facultad. Y el daño, dice, no es solo para quienes pasaron cinco años estudiando sin poder ejercer, sino para quienes se quedaron sin cupo.
Mientras sobran odontólogos, faltan las carreras que los rodean: no hay higienistas, ni asistentes, ni laboratoristas dentales.
La propuesta
Frente a la salida habitual de despedir profesores y cerrar cupos, Luis Falquez propuso reestructurar: si la facultad tenía unos 2.000 estudiantes, que la mitad siguiera en odontología y la otra mitad pasara a esas carreras paralelas, sin despedir a nadie, con exámenes de ingreso exigentes. Y abrir carreras técnicas de dos años a deportistas y artistas, porque cuando alguien del barrio entra a estudiar una carrera técnica gracias al básquet, arrastra al resto hacia el deporte y lejos de las drogas.
Jorge va más lejos: no se trata de abrirles la carrera a los deportistas, sino de exigírsela. Si a los 22 o 24 años un futbolista no tiene un título, que no pueda jugar profesionalmente en el país. Lo comparan con Estados Unidos, donde para llegar a las ligas profesionales hay que pasar por la universitaria. Lo justifica con los jugadores que ganan mucho dinero, no saben invertirlo y terminan con la familia pidiendo ayuda tras un accidente.
Luis Falquez cierra el desvío con la idea que lo une todo: la mala práctica empieza en las bases. Y no termina con la graduación. En Ecuador nadie exige un mínimo de horas de actualización al año para renovar la licencia, así que alguien puede haberse graduado hace 30 años sin volver a estudiar y seguir trabajando sobre personas.
Lorena, la doctora sin título
Después de una pausa para comer, en la que Jorge pone a prueba sus dientes nuevos con una hamburguesa —hacía tiempo, dice, que no masticaba tan fácil—, la conversación pasa al equipo de la clínica. Jorge pregunta por Lorena, la mujer que lo atendió en cada cita y a la que vio incluso corregir al doctor. Descubre en vivo que no es odontóloga sino asistente dental. No lo puede creer: juraba que era doctora.
Lleva más de 20 años en la clínica y se formó a punta de cursos y experiencia. La conversación vuelve a lo que venían diciendo: en Ecuador no existen las carreras de asistente, técnico ni higienista dental, y una clínica no puede depender de una sola persona, que se enferma o viaja.
Carillas contra coronas
Entonces llega la pregunta del título. ¿Qué hace que un profesional te agarre los dientes y te los lime como si fueras un robot, como si te fueran a poner coronas, para ponerte carillas?
En la mesa explican la diferencia técnica. La corona se sostiene por retención: el diente se talla y la corona lo abraza. La carilla se pega por adhesión, “como un sticker” en la pared, y lo que le permite aguantar la misma fuerza que un diente natural es justamente esa adhesión, que se desarrolló de forma exponencial en los últimos años. Así se pasó de coronas en toda la boca a carillas en toda la boca.
Pero el conocimiento técnico no alcanza. Se puede pasar diez años estudiando y, sin experiencia, no tener criterio; y si no te gusta lo que haces, vas a trabajar sin pensar en el ser humano que tienes al frente. La sonrisa, recuerdan, es la carta de presentación de una persona.
Lo que se siente del otro lado
Jorge pone la parte que no se aprende en la facultad. Con una prótesis provisional, dice, se acabó morder una manzana como se debe; un pedazo de chocolate frío tiene que pedir que se lo partan para llevarlo directo a la muela. Y lo peor eran las reuniones: la prótesis se aflojaba, no sabía si reírse o hablar, y tenía que pedir el baño para pasar 20 minutos quitando restos de adhesivo y volviendo a fijarla. “Que aceptes algo no significa que ya no te duele”, resume.
Con la prótesis nueva, cuenta, se pasó los tres primeros días sonriendo para sí mismo, pasando la lengua y sintiendo una mordida distinta.
Más que dientes
Luis Falquez explica por qué en Cuba no se dice dentista sino estomatólogo. El trabajo no es sobre dientes sueltos sino sobre el sistema masticatorio: articulación, huesos, musculatura, dientes y los tejidos que los soportan, que cumplen cuatro funciones, respiración, deglución, fonación y gesticulación. Si no lo ven los dentistas, pregunta, ¿quién lo ve?
Por qué se lima un diente sano
La respuesta de fondo a la pregunta de Jorge es que se decide el tratamiento antes de analizar al paciente: no se lo diagnostica, no se mira a la persona ni el impacto que va a tener, y se piensa en el dinero de fin de mes. A eso le llaman en la mesa prostitución, igual que Jorge. Tallar un diente no tiene vuelta atrás. A veces hay que hacerlo, porque el material necesita su espesor, pero no sin una necesidad clínica.
Uno de los hijos recuerda una frase de su papá: a tallar se le puede enseñar hasta a un mono, y en un año lo hará mejor que un robot. Lo que nunca va a resolver es el diagnóstico, y para eso son los años de carrera, de especialización y de cursos: saber en qué casos se talla, cuánto, y cuándo explicarle al paciente que va a ser más de lo normal y por qué.
La ortodoncia antes que la carilla
Luis Falquez lo dice desde su propia especialidad: es rehabilitador oral, pero la mejor rehabilitación es la ortodoncia. Si un diente está salido, primero se alinea y después, si hace falta, va la carilla. Cuando no se alinea, hay que desgastarlo. Por eso, dice, en la clínica trabajan con dos ortodoncistas.
A eso se suman las ofertas raras del mercado: carillas que ni siquiera son de porcelana sino de resina, y que terminan en la consulta, donde hay que cambiarlas por carillas de porcelana. El paciente, explican, termina con algo parecido a un empaste en todos los dientes cuando probablemente necesitaba ortodoncia.
Las tres bellezas
El concepto de estética también cambió: ya no hay un solo modelo de belleza ni rige la proporción áurea. Jorge cuenta que temía terminar con una fila recta de dientes idénticos, como los de Pepe Cortisona, y que le sorprendió la curva y la textura de su prótesis, hecha en digital y no con dientes de stock. En la mesa hablan de las tres bellezas de una sonrisa: la blanca de los dientes, la rosa de la encía y la negra de los espacios que tiene que haber en una boca. No todo es blanco.
La familia y el negocio
Jorge le pregunta a Luis Armando por su lugar en la clínica, y de ahí a la pregunta que le interesa: cómo se rompe el ego de un papá cuando el hijo llega con lo que aprendió en la universidad a decirle que lleva mal las cuentas. Luis Falquez responde citando a un tío que le enseñó que la autodisciplina es lo más difícil, y dice que la humildad es lo que hace grande a uno. No tiene problema, asegura, en que nadie de su equipo lo corrija, empezando por Lorena.
Tiene 53 años y piensa trabajar como dentista hasta los 65. En los 12 o 15 años que le quedan, su obligación, dice, es acompañar a sus hijos para que su curva de aprendizaje sea más corta y cometan menos errores. En el camino aparece también la hija menor, Elisa, de 10 años, que según la familia ya es más dentista que todos juntos.
El cierre: la segunda opinión
Jorge aclara que no viene a decirle a nadie a qué dentista ir, pero sí que tenga una segunda opinión. Lo que a él lo hizo dudar, cuenta, fue escuchar “yo creo que podemos” en lugar de “ya lo he hecho”.
Luego comparte algo que Luis Falquez le contó y que no le entra en la cabeza: hay pacientes cuyos esposos o esposas no saben que tienen implantes, o incluso prótesis total. Para Jorge eso dice cuánta vergüenza causa el tema dental, y cuánto puede cambiar a alguien por dentro la decisión de elegir bien al profesional. Él mismo dejó de pelear con su sonrisa de medio lado, igual a la de su papá: ese es él.
En la mesa recuerdan que la salud dental va más allá de los dientes: las encías enfermas y la periodontitis pueden derivar en enfermedades cardíacas, y hay gente joven perdiendo piezas convencida de que a ella no le va a pasar. El tratamiento, coinciden, no es lo que el paciente pide sino lo que el profesional debe hacer por conciencia y por ética. Luis Falquez le pide cerrar con la palabra que Jorge usó para describir cómo se sintió con su prótesis nueva: satisfacción.




