El estudiante secreto
Jorge Cassis abre el episodio como la continuación de uno en el que no estuvo: el de la letra pequeña de las becas, que condujo Gabriela Suescum. El tema, dice, le compete muchísimo. Del otro lado de la mesa están Benjamín, CEO de Corporación Educativa BQC, y Marcelo, del área de admisiones. Y antes de que la conversación arranque, suelta la noticia que no le había contado a nadie: él mismo estudia con ellos y ya está por graduarse. Han sido 18 meses, cuando lo normal se lleva cinco años.
Una doble titulación
Benjamín cuenta que Jorge tomó una doble oferta académica: la licenciatura y, a continuación, la maestría, con una universidad europea. Jorge bromea con que estuvo a punto de arrepentirse de la maestría, y explica por qué le costó: es criado a la antigua, no le pidió a nadie que le hiciera la tesis y no tenía ChatGPT. Fueron noches hasta las 2 o 3 de la mañana en el comedor de su casa, que recuerda con cariño. Casi les pide, confiesa entre risas, que le hicieran los deberes.
La cuenta la pone Benjamín: por la vía tradicional, la doble titulación costaba casi 19.000 dólares; con los documentos que presentaron consiguieron la beca, y la colegiatura completa, con el acompañamiento incluido, costó 4.000. Y no hace falta tenerlo todo de golpe: se puede pagar en cuotas, a tres, seis u ocho meses.
Por qué lo hizo callado
Jorge admite que alguna vez se preguntó para qué sirve el cartón. Quizás a él no le cambie nada, dice, pero le sirve a sí mismo y a sus hijas, para poder decirles que lo hizo. Uno de sus grandes impulsos fue su hija mayor, que sustentó su doctorado a los 30 años en Alemania: si la hija ya era PhD, ¿qué quedaba para el papá? Ni ella lo sabía. Lo hizo en silencio porque no quería anunciarlo y después no terminarlo.
Cómo funciona la homologación
El programa que Jorge quiere que conozca más gente es el de homologación profesional: cuando una persona tiene años de experiencia comprobable en ciertos puestos o carreras, esos años se pueden convertir en tiempo de estudio para una licenciatura en administración de empresas o en comunicación social, por ejemplo. Y lo dice desde el principio, para que nadie se ilusione: medicina no se homologa.
Benjamín lo describe como una intermediación educativa. Un equipo técnico revisa qué pide cada institución de educación superior para homologar o validar conocimientos, arma los documentos, solicita las becas y acompaña al estudiante hasta que defiende su tesis y registra su título en la Senescyt. Pone un ejemplo: una tecnología que cuesta 5.000 dólares termina, con una beca del 50%, en 2.500.
El acompañamiento
El seguimiento es la otra mitad del servicio: que el estudiante no se atrase con las tareas, que vaya avanzando, que no abandone. Benjamín insiste en que es un reto que casi nadie toma por miedo, porque alguien que se graduó hace diez años cree que ya se le olvidó todo. “Nada es imposible”, repite, “solo el cielo es el límite”.
Da su ejemplo de por qué hace falta: el maestro mecánico al que la gente ya no le lleva el carro eléctrico porque ahora hay tecnólogos electromecánicos. Y da su cifra: de los 33 que entraron con Jorge se están graduando unos 30. Cuenta también el caso de una mujer de 64 años, del cuerpo de bomberos del cantón Buena Fe, que se graduó como tecnóloga en control de incendios con más de 50 familiares en la ceremonia, gritando que lo había logrado.
Lo que no se puede homologar
Jorge trae a la mesa lo que le contó la familia Falquez en el episodio anterior: en Ecuador no existen las carreras de técnico ni de asistente dental. Lo comprobó en su propia cirugía, cuando juraba que una de las mujeres que lo atendían era doctora y resultó ser asistente: lleva 20 años con el doctor, sabe lo mismo que él y no tiene cómo graduarse. ¿Por qué no ofrecer esa carrera?
La respuesta de BQC es que hay restricciones legales: nada del área de salud se puede homologar ni validar, y el técnico dental está dentro del área de salud aunque nunca toque al paciente y solo trabaje sobre un molde. Jorge insiste en que es una pena que esa carrera no exista, y lo resume así: en oferta de carreras, al país le falta mucho.
Del lado de BQC suman el otro problema: las universidades privadas traen carreras nuevas con reconocimiento internacional, pero con costos inaccesibles para el 80% de la población, carreras de 20.000, 30.000 o 40.000 dólares sin contar hospedaje, alimentación ni transporte. Jorge defiende el estudio en línea, que mucha gente sataniza: hay carreras que no se pueden estudiar así, pero la gran mayoría de maestrías ya son en línea, y aprender o no depende del alumno.
El caso de la primera dama
Jorge recuerda la polémica de hace unos meses, cuando se supo que la primera dama había homologado su experiencia y se había graduado, según él, en unos seis meses. La gente critica, dice, pero es legal. Y a quienes reaccionaron preguntando si también podían ser médicos en seis meses les responde con lo que ya dijo: comunicación, turismo o administración se pueden homologar; medicina, nunca. Haber sido enfermera 20 años no te convierte en doctora en dos.
Maestría tecnológica o universitaria
La ley permite ahora hacer una maestría siendo tecnólogo, y ahí Marcelo pone el matiz. Las maestrías tecnológicas solo se reconocen dentro del país; la que destacan ellos es internacional, con apostilla de La Haya y validez en el exterior. Para acceder a la maestría tecnológica, explican, no basta con ser técnico o tecnólogo superior: hay que ser tecnólogo superior universitario, un título que empieza a partir del quinto semestre, uno más que los cuatro del tecnólogo superior. Jorge confiesa que esa diferencia no la tenía clara.
La maestría universitaria, en cambio, exige un título terminal, como una licenciatura o una ingeniería. Jorge pregunta si entonces cualquiera puede hacer la maestría que quiera, y la respuesta es que casi: un abogado puede hacer una en educación superior o en administración pública, pero para una maestría en derecho hace falta ser abogado. Tiene que haber una base de conocimientos en la malla curricular de la carrera original.
Dónde están
La matriz de BQC está en Riobamba, aunque Jorge siempre se comunicó con la oficina de Quito. Tienen además oficinas en Ibarra, Loja, Cuenca, Machala, Otavalo y Azogues, y están abriendo una en Guayaquil, en la Federación Médica Ecuatoriana. Jorge los encontró hace un año y medio por un contacto del que ya ni se acuerda, en una época en que no quería gastar.
Explica también por qué su camino tenía que ser privado: pudo entrar a una universidad pública, pero no le daba para trabajar y estudiar al mismo tiempo. Los horarios, dice, eran el problema.
De dónde salen las becas
Benjamín cuenta por qué empezó. Su hija mayor abandonaba cada carrera en la que la inscribía, así que la sentó con él, sumó al hijo menor y les fue dando seguimiento hasta que los dos se graduaron y registraron sus títulos. Ahí entendió que era posible para cualquiera. Lleva 17 años en educación, 14 de ellos en educación continua, y de ahí sacó su conclusión: lo que necesita el estudiante es que lo lleven de la mano.
Entonces habló con los dueños de los institutos tecnológicos: “Ustedes tienen becas que el Estado les otorga. ¿Qué tal si ustedes me dan las becas a mí y yo las traspaso a la sociedad?”. Explica que todas las instituciones de educación superior, públicas y privadas, son sin fines de lucro, algo que provoca risas en la mesa, y que por eso tienen que ceder becas. Hay universidades que anuncian diez becas al 100% y otras tantas al 50 o al 75%. BQC pidió más, para gente que de otra forma no estudiaría, y según Benjamín las instituciones que aceptaron pasaron de 30 o 50 graduados a 200 o 300 por corte, un logro que también les luce a ellas.
Nadie es filántropo
Jorge se adelanta a lo que va a preguntar la gente. Da por hecho que quizás la universidad le dio una beca más alta de la que le trasladaron, y que BQC se queda con algo por el seguimiento. Y le parece bien: “¿Quién es filántropo aquí?”. Todo el mundo hace las cosas con un fin. Distinto sería, dice, que le dijeran que no consiguieron la beca, le ofrecieran un descuentito del 10% y le cobraran de más: eso sí sería avaricia. A él la carrera le salió baratísima, pagó lo que pagó y aclara que no es un canje.
En la mesa alguien dice que no los habría contratado para su propia carrera porque estudió enseguida después del colegio, aunque reconoce que habría ayudado tener a alguien encima. Jorge responde que a una persona como él el seguimiento le sirve muchísimo: si no fuera por la agenda y los recordatorios, no se acordaría ni de que al día siguiente tiene que viajar a Manta.
La educación que no enseña a estudiar
Jorge admite que de joven no tenía más responsabilidad que estudiar, pero que en el colegio no le enseñaron a hacerlo: no sabía mantener un esquema de organización para llevar tantas materias universitarias. Y cuenta una conversación con unos amigos: ahora existe ChatGPT, le dijeron, y él respondió que entonces al menos en el colegio deberían enseñar a usarlo, porque la respuesta depende de cómo se haga la pregunta y la inteligencia artificial solo es tan inteligente como el contexto que se le da.
Lo ilustra con una anécdota propia. Publicó un video contando que tenía un ID de Florida sacado con visa de turista, y le llovieron comentarios diciéndole que mentía, uno de ellos con un párrafo enorme copiado de ChatGPT. Él mismo le preguntó a ChatGPT y le respondió que no se podía. Fue a la página de la entidad que emite el documento, leyó las reglas para las visas B1 y B2 y volvió a preguntar con los términos exactos. Esa vez la respuesta fue que sí.
Enciclopedias, láminas y Encarta
Jorge recuerda cómo se investigaba antes. Había dos enciclopedias en casa: la Océano, roja, de cuatro tomos, y la Planeta, gris, de unos diez. Si mandaban a investigar la batalla del Pichincha, había que ir a la B y empezar a leer y resumir. Si había que saber algo reciente, tocaba recortar el periódico o ir a la biblioteca, y si no, al bazar, a comprar las láminas del sistema solar o de la conquista española, con la foto y la descripción abajo. Después llegó Encarta, una enciclopedia en CD con un buscador que se actualizaba cada cierto tiempo. Pero nadie te resumía nada: había que escribir y leer.
El 2011 en la universidad pública
En 2011, cuenta, entró a una universidad estatal con 33 años. Dio el examen sin prepararse, mientras seguía trabajando, y sacó 911, la mejor nota de su facultad según dice. Lo que encontró en el primer semestre lo dejó marcado: compañeros que no sabían exponer y que leían en voz alta todo lo que habían escrito en el PowerPoint. En los trabajos en grupo él les pedía que armaran e imprimieran la carpeta, corregía lo que estaba mal y exponía con un marcador, sin computadora ni diapositivas.
El 20% que no es el 20%
De esa época viene una corrección que, dice, siempre hace. Les enseñan que para ganar el 20% sobre un producto hay que multiplicar el costo por 1,20, y eso no es ganar el 20%: la utilidad se mide sobre el precio de venta, no sobre el costo, así que hay que dividir el costo entre 0,80. A los amigos que le dicen que ganan el 100% porque compran a uno y venden a dos les explica que ganan el 50%. La única forma de ganar el 100%, dice, es haberse encontrado el producto en el piso.
Un giro de 180 grados
Su conclusión es que la Ley Orgánica de Educación Superior y la de educación intercultural necesitan un cambio real, no dos retoques. No es posible, dice, que los alumnos salgan a los 18 años sin saber investigar ni exponer, ni que no tengan cultura general: cuántos continentes y océanos hay, algunas capitales, dónde queda cada país en un mapa.
Por eso a él se le hizo difícil la carrera. No estaba acostumbrado a investigar con una computadora y tardaba el triple: buscaba en Google la historia de la comunicación y le salían diez historias distintas, la primera sesgada, y tenía que abrir varias páginas para compararlas. Para él, ese es el mayor problema hoy: la información está sesgada. La historia del comunismo cambia según la página sea de izquierda o de derecha, y con Israel y Palestina pasa lo mismo: cada lado tiene su razón, y si le preguntan de qué lado está, responde que del lado de que paren.
Constructos sociales
El desvío lleva a uno de sus temas de siempre: la monogamia como constructo social. Quien nace de este lado del continente crece con la idea de una sola esposa; en Arabia Saudita, dice, lo normal sería otra cosa, y entre los mormones fundamentalistas de Utah, también. Lo mismo pasa con la religión, que casi siempre es la de la familia, y con el fútbol: él es barcelonista porque va al estadio desde los nueve meses y le pusieron la camiseta amarilla para hacer feliz a su papá.
Y de ahí vuelve a la primera dama. La conclusión en la mesa es que tenía la experiencia, homologó e hizo lo que la ley permite.
El cierre
Después de una pausa para comer, en la que Gaby, ocupada organizando una recaudación de fondos, vuelve a la mesa, llegan los mensajes finales. Benjamín repite que el cielo es el límite y que, en lo educativo, ser mejor depende de cada uno. Marcelo invita a quienes tengan la experiencia necesaria a convertir su experiencia técnica en una carrera de tercer nivel.
Gaby se despide con lo que ya había dicho en el episodio anterior: cualquiera que piense que está demasiado viejo para estudiar, que mire a Jorge. Si él pudo, todos pueden. Jorge cierra con la misma idea: para los que ya no son tan jóvenes hay posibilidades de terminar una carrera en una muy buena universidad, vale la pena y el costo, asegura, es muy reducido.




