Séptimo episodio de Las Cosas Por Su Nombre. Jorge Cassis y Mare Cevallos se sientan con Guillermo Robalino —terapista vivencial, 31 años limpio y 28 dedicados a este trabajo— y con la psiquiatra Julieta Sagnay para abrir la puerta de las clínicas de rehabilitación en Ecuador: de dónde salieron sus métodos, por qué los requisitos legales empujan a la clandestinidad, y por qué el Estado no cumple lo que su propia Constitución le manda.
Apertura
A ninguno de ustedes les interesa la rehabilitación y tener un poco de salud mental en el pueblo. No les interesa, porque si no, no ganan.
Si los drogadictos rehabilitados no hacemos una revolución, siempre nos van a seguir pisando.
Artículo 364: el Estado dará tratamiento. Y no lo cumple.
En mi época a mí me encontraban con dos y me mandaban preso a que me pudra más.
La persona que está a cargo de la parte de clínicas de rehabilitación en el MSP nunca se ha fumado un grifo.
Lo que yo nunca voy a olvidar de los centros de rehabilitación es cuando me castigaban y me dejaban tres días sin comer.
La rehabilitación es un negocio
Bienvenida
¿Cómo están? Bienvenidos nuevamente a un episodio más de Las Cosas Por Su Nombre. Hoy con Mare estamos aquí. Nuevamente lo tenemos a Guillermo Robalino, terapista, y a la doctora Julieta Sagnay, experta también en el tema de rehabilitación y clínicas de rehabilitación.
Vamos a hablar de todo lo que son las clínicas clandestinas, los permisos, los pacientes, por qué tanta clandestinidad en el país en cuanto a las clínicas, y esos tropiezos o los muros con los que se encuentran las personas como Guillermo, que tiene una clínica bien, pero que a veces las leyes o los reglamentos, las ordenanzas, las regulaciones —como lo quieras llamar— no te dejan, y son ridículas dentro del país.
Todos somos adictos a algo
—La verdad es que en casos como este es donde yo aprendo un montón. Al ser paciente también, de alguna manera, en otro tipo de ramas de la salud mental, conozco un montón de casos. Pero el tema de las adicciones recién he tenido este acercamiento.
A la final, consumimos todos en algún momento, probamos todos alguna vaina. Pero, ¿en qué punto perdías el control?
—Importante decir esto, porque después la gente saldrá con que yo soy drogadicta, y también me tildan de drogadicta en las redes sociales. Yo no soy drogadicta, señores, gracias a Dios. Era adicta a la nicotina, pero ya la dejé. Ya tengo un mes cumplido sin nicotina. Ha sido fuerte, no tienes idea, unas crisis de ansiedad tremendas. Pero finalmente puedo decir que soy libre de humo.
—Las adicciones tienen una raíz. No es solamente la sustancia. Hay una raíz psicológica, psiquiátrica, mental dentro de por qué llegaste a consumir. Porque sabemos que las adicciones no solo son a las sustancias. Hay adicciones a las relaciones: hay gente que no puede estar sola, que tiene que salir de una y entrar a otra. Hay gente que tiene adicción a los juegos, al ejercicio, al trabajo, a la comida, al celular, a las redes sociales.
—Vivimos en un mundo de adicciones donde solamente se señala a los que perdieron el control.
—Las personas están en un proceso de vulnerabilidad y entran a una clínica pensando que ahí van a encontrar ayuda. Y se han escuchado historias tremendas de clínicas clandestinas: violaciones, robos, estafas, agresiones físicas, métodos bastante cuestionables.
Un centro es un negocio, como toda clínica
—De los 31 años limpios que llevo, son 28 dedicados a esa labor. He visto de todo. Y lo primero que tengo que decir es que un centro de recuperación es un negocio. Porque es lo que es: es una clínica.
—En el Hospital Clínica Kennedy hay gente que se muere y hay gente que se salva. Seguramente en ese hospital debe haber doctores con una forma de trabajar incólume, dedicada al amor por el servicio, y debe haber otros que seguramente no eran así. En las clínicas que hay —clínicas normales, de salud normal, del Guasmo, clandestinas— también hay gente que se salva y hay gente que se muere.
—El médico que es apasionado de la medicina igual te cobra la consulta. ¿Por qué hablo del negocio? Primero, porque como cualquier negocio, todo dueño necesita que haya una mayor cantidad de ingresos y pocos egresos, pero todo debe ser ecuánime. Ahí nacen distintas cosas. Porque como algunos solamente tienen la visión del negocio y nada más, comienzan a ocurrir cosas que no están bien.
El psiquiatra que torturaba pacientes
—Hay una historia de hace muchos años. No voy a nombrar a la clínica ni a la persona. Pero la primera persona era un psiquiatra psicópata. Psicópata. Que tuvo una clínica que hacía locuras y media, y cobraba miles mensuales.
Nace aquí, en el Ecuador. Y ya murió.
—Este señor tenía ese proceso: encadenarte los pies a un tambor, amarrarte a un árbol, ponerte una pistola en la cabeza, medicarte diez veces al día, tres veces dormido.
—De ahí nacen dos, tres, diez, cincuenta rehabilitados. Estos en su momento ponen centros de recuperación con el mismo método. Pero con una diferencia: todos quieren mejorar el tratamiento. ¿Y cómo mejoran el tratamiento? Haciendo cosas más terribles que las que hacía ese doctor.
—O sea, si este doctor daba un palazo, ellos daban dos. Si este doctor esposaba, el otro lo metía de cabeza en el agua, o los colgaba de los pulgares. Se le ocurrían cosas a todos.
Me tocó, doctora. Lo conozco plenamente, porque a mí me tocó esa metodología en el primer centro de rehabilitación.
—Yo tampoco voy a decir nombres, porque no quiero ofender a nadie. De hecho, en el lugar donde yo nací, del que estoy agradecido y del que siempre voy a estar agradecido, vi cosas que sencillamente no voy a repetir, por respeto a la casa y respeto a la persona que me ayudó, que me entrenó. Pero sinceramente las cosas que se daban ahí, propias de lo que aprendió, no eran las adecuadas.
—Y eso hace que se repliquen un sinnúmero de situaciones inadecuadas de conducta. “A mí no me vengas a pedir comida. Si tú cuando te drogabas no comías, a mí no me vengas a pedir comida. Yo te puedo dar es terapia. Comida no me pidas.” Entonces nacen un montón de locuras.
Mejorar a punta de palo y sufrimiento
—Cuando yo tengo 3 años de recuperación decido emprender. Y digo: para esto estaba estudiando psicología, para esto yo tengo ciertos principios, ciertos valores, sentido común, inteligencia. Si esto funciona bastante bien con esto que yo creo que está mal, si lo mejoramos debe mejorar.
—Entonces yo primero saco el cigarrillo de la sala de terapia, que era algo normalizado. Trato de que no haya maltrato, consigo profesionales que ayuden, hago que la casa sea más grande, más cómoda.
—Mira, a mí me criticaban cuando puse la primera institución. ¿Sabes por qué? Mi primer paciente era hermano de una señora que tenía un restaurante. Entonces yo hice un convenio con ella: “págueme con almuerzos”. Como éramos tres, cuatro, ocho, diez personas, me pagaban con almuerzos. Los pacientes comían sopa, segundo con proteína y jugo con hielo. Eso me criticaban: “¿se van a recuperar esos manes tomando sopa? ¿Si le han puesto hielo al jugo? ¿Estás loco?”.
—Es decir, había una intención. La percepción era que tú te tenías que recuperar a punta de palo, a punta de necesidad y sufrimiento.
Cómo llegó la psiquiatría a esa sala
—Doctora, ahí es cuando yo lo conozco a Guillermo.
—Yo estudiaba psiquiatría. Para esto, los médicos no nos forman en adicciones. No nos forman. Aquí no hay una formación.
—Me llamaba la atención que los pacientes venían de las clínicas de rehabilitación con cuadros psicóticos, y en el hospital donde yo trabajaba no había un lugar para atender a los adictos: solo bajábamos la psicosis. Entonces hice una tesis en base a esto, un estudio de qué otras enfermedades mentales tienen los adictos y sobre el tratamiento que recibían.
—Voy a la clínica de Guillermo y te puedo decir humildemente que aprendí que esto no solamente se basa en la ciencia, en la evidencia; que hay que tener otro tipo de comunicación y lenguaje con los pacientes. Me llamaba la atención la sala de terapia, cómo ellos se reunían conmigo. “Sí, todo bien, doctora.” Pero en la sala de terapia se abrían frente al terapeuta vivencial. Cuando él hablaba, todos hablaban, pero con una emoción.
—Luego hice un diplomado en Sinaloa, donde estuve 90 días encerrada en una clínica y donde pude saber lo que sienten los adictos sentados en una silla, cuando le quitas el celular, cuando le quitas toda la comunicación. Yo nunca me había drogado, solo soy adicta al café. Y me dijeron: “vívelo”. Y conocí lo del programa.
—Me quedé porque no había maltrato, no había ninguna situación anormal. Y me quedé ahí trabajando.
La recuperación es vivencial
Algo que está más que comprobado —no teóricamente, sino en la práctica— es que la recuperación es 100% vivencial. Que la medicina es un apoyo, por supuesto que sí, nadie lo quita. No todos la necesitan, pero el que la necesita, es trascendental.
Lo más importante en un centro de rehabilitación es la terapia vivencial. Un centro podría quizás no tener terapia psicológica. Si hay un paciente que necesita de la medicina, tienes que ponerle a ese paciente la puntual. Pero la terapia vivencial no puede faltar. Es imposible que falte en un centro de rehabilitación.
No existe una carrera universitaria de drogadicción. Nuestra carrera universitaria es en la calle, y es con la experiencia atendiendo pacientes. 28 años de atender pacientes y poder conocer al paciente.
—A veces vienen psicólogos y me dicen “es que este paciente, oiga, a ese paciente lo abusaron, se nota clarito”. Y es verdad. Para nosotros el reconocimiento es inmediato.
Por qué prohibir terapistas hombres es un error
—Hay cosas en las que yo difiero mucho de los centros. Por ejemplo, cuando hablan de centros de rehabilitación para mujeres, que aquí en Ecuador creo que hay uno o dos. Enseguida entra el Ministerio de Salud Pública y dice: “prohibido terapistas hombres”.
—Ustedes no saben el error que están cometiendo. El 99% de las mujeres adictas tiene problemas con una figura paternal, y tienen que enfrentar ese problema en la clínica, no fuera. Si no, nunca van a solucionar su mayor trastorno, que es “mi padre me abusó, mi hermano me abusó, mi tío me abusó”.
—Es que también hay un lado: muchos de los terapistas hombres abusaban también de las pacientes, o las enamoraban.
—Estamos de acuerdo, porque el proceso estaba mal implementado. Normalmente en una clínica tienes la terapia grupal y la terapia individual. En una clínica de mujeres la terapia individual no la puedes tener hombre-paciente, a menos que la tengas con dos enfermeras al lado.
—Cuando yo doy las charlas y las terapias en un centro de mujeres que hay en Manabí, lo primero que dije fue: “yo doy, pero yo no soy parte del cuerpo médico. Yo aquí no tomo decisiones”. Yo solamente paso un reporte de lo que yo pienso, y allá ustedes. Yo no toco nada en los permisos, en nada. Desde que llegué les dije: yo no tengo nada que ver aquí. Esto es si ustedes quieren; si ustedes se quieren salvar, chévere. Si no, bien. Y yo me levanto y me voy.
—Yo no tengo una terapia solo con una, jamás. No se me pasa por la cabeza. Porque, ojo, yo también estoy loco. Yo tengo monstruos en mi cabeza.
—La persona que está a cargo de la parte de clínicas de rehabilitación en el MSP nunca se ha fumado un grifo. Yo no digo que necesariamente tenga que ser un drogadicto, pero por favor, tener conocimiento. O tener un asesor, o tener a una persona como Guillermo: “¿sabe qué, Guillermo? Venga usted, así sea con factura, no sea empleado, pero necesitamos su apoyo en la organización y administración de lo que van a ser centros de rehabilitación, para que usted nos dé su expertise”.
Permisos absurdos que cierran clínicas
—Los obstáculos que ellos han puesto para la regularización hicieron más bien que se multiplicaran los centros clandestinos. El Estado tiene muy pocos centros, y los requisitos que piden yo creo que los hicieron copy-paste de algo de Europa, de algún lugar, que ni ellos los tienen.
—Los requisitos que ellos tienen son como para que un paciente pague 2.000 dólares mensuales. Y para no ganar nada.
—Yo abrí un centro en Bastión Popular para mujeres, del municipio, y me querían calificar con 80 puntos porque no había un espejo. ¿Cómo se te va a ocurrir tener un espejo con personas que tienen alteraciones de conducta, de personalidad, que se drogan, que pueden tomar eso como un arma y autolesionarse o lesionar a los demás? Me bajaron 20 puntos por el espejo. Entonces fui a comprar una cosa de aluminio.
—Tienes que tener químico farmacéutico. ¿Cuánto te cuesta un sueldo? Un nutricionista. Tienes que tener personal de planta. ¿Cuánto le costaría a un adicto un tratamiento? Entonces esto hizo que nadie tuviera permiso y que las clínicas clandestinas se multiplicaran.
—Guillermo y yo tuvimos clínica en Vía a la Costa, centros muy lindos. El de él era muy lindo porque estaba al pie del lago, y el mío al pie de la laguna. Y cuando fue al Ministerio de Salud me dijeron: “no le podemos dar el permiso porque no hay ninguna reja”. ¿Y por qué? ¿Porque se pueden ahogar? Pero son adultos. Antes ellos nadaban ahí con la familia.
El kit neonatal en una clínica de varones
No nos vayamos lejos. Dentro de los permisos que te exigen, a una clínica de varones —y esto es un caso, porque me lo dijo un amigo mío— le piden tener en el centro un kit de traqueostomía neonatal.
¿Quién va a dar a luz aquí, hermano, si esto es de hombres?
—Agarran los requisitos de una clínica de salud tipo tres, como que si fuera la Clínica Kennedy. Eso ya no es permiso de funcionamiento, es licenciatura.
Esta gente no tiene idea de lo que está hablando. ¿En qué cabeza, por el amor de Dios, un kit de traqueostomía neonatal para una clínica de varones? Neonatal: o sea, para un bebé recién nacido, hacerle una traqueotomía.
—Y van y cierran esos centros. Y dejan a los adictos en las calles. Ni siquiera van a ubicarlos en sus propios lugares o en sus hospitales.
—¿Cuántos hospitales hay del Ministerio de Salud Pública? Todos están llenos. 25 pacientes, 6 meses: pueden atender 50 en el año. Hay dos del gobierno. De ahí, lo que hace el gobierno es pagar clínicas privadas.
La negligencia que viví internada
—No sé cómo será en el tema de adicciones, pero en mi caso, cuando yo estuve en el área de vida del Instituto de Neurociencias, mi familia me tuvo que sacar. Y por mí me quedaba más tiempo, te juro, porque de verdad sentía que lo necesitaba. Pero mi familia me tuvo que sacar porque había una negligencia hacia mi parte: me estaban dando una medicina que no me caía bien, y que ya se había dicho que no me caía bien, y me la seguían administrando.
—Mi estadía no fue mala. Yo sentía que estaba en un lugar muy bonito. Las instalaciones y todo, sentía que estaba en muy buenas condiciones, muy buena comida. El área de ejercicio sí me hubiera gustado que esté en mejores condiciones, porque el ejercicio es necesario para cualquier persona que tiene alguna vaina de salud mental.
—Muchos chicos me decían: “ya, hazte la que te pones bien”. Y yo: “¿pero por qué?”. Para que te saquen más rápido, y si no te van a medicar el doble, porque ellos necesitan que te pongas bien, porque necesitan mandarte, porque al gobierno no le conviene tenerte mucho tiempo aquí.
Por qué ya casi no se hospitaliza
—Fíjate, la historia de la psiquiatría ha cambiado y nosotros ya no hacemos lo de antes. Cuando yo me formé, la gente iba a dejar a sus pacientes en la puerta para irse de feriado. Hoy en día nosotros no hospitalizamos; ya quitamos las hospitalizaciones, solo cuando es muy necesario.
—Yo no hospitalizo a nadie. La gente me ruega, pero no, porque usted tiene que aprender a cuidar a su paciente y a darle la medicina. Sale el paciente bien y usted vuelve a cometer los errores de no darle la medicación, vuelve a recaer, y usted es el que gasta.
—En mi época dejaban abandonados a los niños, a los ancianitos. Teníamos 600 pacientes abandonados. Hay un área donde están. Por eso en otros países ya no existen los hospitales psiquiátricos: se trata de que no se abandone a los pacientes.
En este punto del episodio hay una pausa comercial de Comar Bites (Buenavista Plaza, km 1 vía Samborondón).
La libertad como argumento de terapia
—Una de mis frases favoritas cuando doy terapia: “todo esto depende de ustedes. Al fin y al cabo, si ustedes no quieren hablar conmigo, no quieren decir sus cosas, a mí no me interesa. Yo en una hora me voy de aquí, me voy a ir a mi casita, voy a prender el aire de mi cuarto, me voy a acostar, voy a prender la televisión, me voy a poner a ver una peliculita, voy a comer algo rico. Nadie me va a decir nada porque cambie el canal, porque es mi vida”.
—Y gracias a Dios aprendí a ser dueño de mi vida. Pero si ustedes quieren seguir ahí sentados peleándose por el televisor, que no comen lo que les gusta, es problema de ustedes. Aprendan a hablar, porque esto para mí no es beneficio alguno. El beneficio único aquí es el suyo.
Cuándo hace falta un hospital y cuándo un centro
—Se desconoce que esta enfermedad es por fases. Hoy en día, con drogas de tipo opioide como el fentanilo, como la H, es necesario que sean tratadas en un hospital, porque este paciente se puede complicar: tiene complicaciones clínicas o psiquiátricas, psicosis. No lo puedes tratar en un centro de rehabilitación.
—El centro de rehabilitación te reeduca, te enseña a no recaer, te da las herramientas para mantener tu proceso. Pero en drogas de tipo opioide debe ser en un hospital, por el riesgo de muerte que tiene el paciente.
—Y luego del centro de rehabilitación, que mínimo debe ser 6 meses a un año, hay otras metodologías. Por ejemplo, en Estados Unidos se llaman las halfway houses, las casas de medio camino, donde el paciente se reinserta, busca trabajo, lo controlas, le haces pruebas de drogas.
—Aquí no hay esa fase, no hay tercera fase.
—Yo les llamo hospedaje. Ellos son solo hospedaje. Yo me recuperé así: le pedí el favor a Víctor Manuel que me alquilara un cuarto. Ya había conseguido trabajo. Yo dije “no me vuelvo a drogar”, y yo iba a dormir a la clínica y le pagaba una mensualidad.
—Yo conocía a Lucho Rodríguez, que tenía este método de puertas abiertas. Y le copié, hice lo mismo. Pero no le sirve a todo el mundo. Al crónico no le sirve. Al que consume opioides no le sirve, porque lo tienes que detener, le tienes que bajar la compulsión.
Cada adicto necesita un traje a la medida
—Esto es un traje a la medida para cada adicto. Para cada paciente debe ser un traje a la medida. En el Ecuador se tiene un solo modelo de tratamiento.
—Al gordo empresario de Mocolí lo meten aquí. Al flaquito que vive debajo del puente en el Guasmo lo meten aquí. Al que es dependiente de la mamá, aquí. Todos en el mismo modelo. Y no puede ser, porque cada ser humano tiene un problema individual, familiar.
—Imagínate, Guillermo: cada diciembre hay un incendio en una clínica. Mete en un cuarto a un paciente con síndrome de abstinencia —tú sabes el dolor, la ansiedad que tiene el que consume H, es terrible—. Mete a otro psicópata, y mete a otro con alucinaciones y paranoia en un cuarto. ¿Qué crees que va a pasar? Es una bomba.
—Entonces no puede generalizarse, y el Estado debe asumir. Artículo 364: el Estado dará tratamiento. Y no lo cumple.
Los 5.000 millones represados
Gubernamentalmente hablando, ¿cuál es la salida aquí? ¿Que venga una asamblea consciente alguna vez en la vida y diga “hagamos un cambio a esta ley”?
—No, la ley ya está cambiada. Hay algunas cosas que ya están en la ley, que están configuradas, que no tienen un manual de procedimiento.
—Ya hay una ley que permite usar los recursos que han sido quitados a las diferentes situaciones de narcotráfico para financiar métodos de prevención, rehabilitación y demás. No hay un manual de procedimiento, pero sobre todo no hay alguien que esté dispuesto a liderar esa situación.
—Es que no les conviene, porque no ganan.
Acuérdate que las cosas aquí se dicen por su nombre. En los bancos del Ecuador hay, si no me equivoco, 5.000 millones de dólares represados que tienen que ver con alguna situación ilegal. 5.000 millones.
Entonces yo, dueño de banco, no quiero que haya nada de eso, porque esos 5.000 millones los tengo represados, nadie los puede tocar, pero es parte de mi pasivo. Con eso yo puedo hacer préstamos, estoy ganando billete.
—Pero no estoy produciendo nada de beneficio social ni de salud para nadie, porque a nadie le interesa liderar eso. Porque mientras ese dinero está ahí, las propiedades se están destruyendo: los muebles, los carros, haciendas, hoteles, se están pudriendo. Y nadie hace nada, porque mañana hay un remate donde alguien de paso hace un negocio que finalmente beneficia a alguien que generalmente no es ni el pueblo ni la gente que realmente lo necesita.
Internar a un adicto: la voluntad secuestrada
¿Cómo puede ser posible que la ley no le permita a usted internar a su hijo o a su esposo?
—En otros países existen los tribunales especializados en drogas, los tribunales de drogas. Lo que desconocen los que legislan es que la droga secuestra la voluntad, anula el juicio. Un adicto no va a tener voluntad.
—¿Por qué lo hicieron? Porque muchos abusaban y utilizaban esto como pretexto para declararlos interdictos: quitarles una herencia, despojarlos de algún bien, divorciarse, quitarle a los hijos. Pasó alguna vez. Aún intentan hacerlo.
Pero esto es sencillo. Usted lo puede internar, lo puede ingresar con la orden del padre, con la orden de la esposa. Pero ojo: cualquier caso de divorcio, tenencia, herencia, lo que sea, no se podrá celebrar mientras una de las partes esté ingresada en un centro. Se acabó. Entonces se les va el chiste.
—Con una paciente hicimos una interdicción parcial, donde ella perdió sus derechos por un año para ser internada, porque ella no quería la ayuda. Los hermanos intervinieron. Cuando ya cumplió 2 años, el hermano me llama y me dice “doctora, ya le devolvemos lo suyo”. Por supuesto, si está haciendo un gran esfuerzo. Hay interdicción parcial, pero es algo muy complicado, toma mucho tiempo.
—Los jueces de la niñez y adolescencia hacen súper bien este trabajo. Ven al joven que está con plena abstinencia y le dan orden de ingreso, mandan al psicólogo perito, los ingresan. Ellos lo hacen bien. Pero en cambio, con adultos no sucede lo mismo.
—En Estados Unidos tú vas a la corte y dices “mi familiar me está robando”. Entonces viene el juez y te dice: “a ver, tienes dos opciones: o te vas 90 días, 90 reuniones de Alcohólicos Anónimos, que es gratis y no le cuesta al Estado, o buscas que tu seguro te cubra un centro de rehabilitación”. O la cárcel.
—Hay un famoso rapero, Macklemore, que siempre celebra su aniversario con el juzgado, y le dice: “señora jueza, si usted no me hubiera ordenado el ingreso, yo sería un delincuente, sería un criminal”. Allá completan todo el ciclo.
—Hace poco un paciente mío llevó ketamina a Miami en un champú y lo detuvieron, lo deportaron. Y la corte de drogas me llama, y a pesar de que estaba deportado —a ellos no debería interesarles qué pasa con el paciente— ellos cumplen con el proceso. Me llamaron y me dicen: “¿es paciente suyo?”. Sí, está en tratamiento conmigo. Se aseguraron de que el adicto no sea criminalizado y que se lo trate como una enfermedad, como lo que es.
La verdad sobre la tabla de consumo
—Por eso se creó la tabla del umbral de tenencia, que en todos los países desarrollados existe. Aquí la satanizan porque la usan para marketing político.
Está bien tener una. Lo que pasa es que es como crear un código penal y que no existan cárceles.
—Es que no es un instrumento de diagnóstico. El que diagnostica es el médico. Una tabla no va a diagnosticar a un adicto.
Nadie le está diciendo lo contrario. Pero usted no puede criminalizar al adicto tampoco. En mi época a mí me encontraban con dos y me mandaban preso a que me pudra más.
—La tabla dice heroína cero. ¿Tú crees que un consumidor consume 3 gramos? Entonces, ¿a quién metieron preso? Y adentro se convierte en delincuente.
—La utilizan como marketing político, y fue una excusa para el microtráfico. Porque creció el microtráfico. ¿Pero por qué? Porque no existen los centros.
Si esa tabla todavía existe, porque nadie la ha roto —solo le cambiaron el nombre—, si alguien agarra y empieza a crear centros, y agarran a ese microtraficante que según la tabla de tenencia okay, no se va a ir preso, pero se va a ir a un centro de rehabilitación un año… yo quiero ver cuántos microtraficantes siguen en la calle, o cuántos quedan si saben que igual se van a ir un año. Ahí es cuando empieza. Pero hicieron la teoría y no hicieron la práctica.
—Sobre todo, ajustarlo a la realidad. Por ejemplo, nosotros no tenemos heroína, tenemos H. Hay drogas que no constan ahí.
—Una cosa es dosis personal y otra dosis de aprovisionamiento. Cuando te vas a dar la despedida llevas para el fin de semana, pero eso no te hace traficante. Eso es lo que desconoce la ley. Pero encarcelaron a los adictos.
El error no fue la tabla, fue la socialización
—Yo sigo pensando que fue simplemente politizada, porque finalmente la tabla era solo una herramienta. ¿Tú no te has dado cuenta de que todo esto es marketing político? En cada elección es “vamos a eliminar la tabla”, y hasta el día de hoy no pueden.
—¿Sabes cuál fue el error? La socialización equivocada. Hacerles creer a los jóvenes… pero no fue la tabla ni el gobierno que la propuso, sino por el contrario, los rivales del gobierno que la propuso, y la prensa, que equivocadamente socializó “es que ahora se pueden drogar”. Y los jóvenes escucharon eso.
—Los policías no salen con una gramera a decirte “oye, a ver cuánto tienes”.
Como la usan para marketing político, lo que alguien tiene que venir a hacer alguna vez en la vida es decir: “¿saben qué? Okay, aquí tenemos esta tabla, este umbral, que no la podemos mover, que no la podemos sacar. Le podemos cambiar el nombre nuevamente. Pero ¿saben qué? Vamos a crear los centros de rehabilitación, hermano, para darle forma a eso y para darle un proceso”.
Porque lo que no es, es operativa. Es como nuevamente tener un código penal que dice: “a ver, si tú matas, te vas preso”. Te agarraron matando. “Ya, juez, ¿qué hacemos?” “Hay que meterlo en la cárcel.” “Es que no hay cárcel, entonces suéltelo, pues.” Es literalmente lo mismo.
—Yo pienso que los que nos dedicamos a este trabajo deberíamos hacer lo posible porque no politicen, no hagan demagogia de una enfermedad.



